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CONTRA LA CORRIENTE

Esta semana ha estado llena de emociones, de altibajos, de visitas que me llenan el corazón y de críticas constructivas y otras no tanto. Quizás lo más bonito que ha pasado es que María Roa Borja, Presidenta del la Unión de Trabajadoras del Servicio Doméstico fue elegida como una de las 15 líderes del año de la Revista Semana. Sí, una empleada del servicio estuvo parada para la foto al lado del Ministro de Salud, de activistas LGBTI, de defensores de Derechos Humanos, de artistas como Doris Salcedo, y de otras personas maravillosas que “luchan contra la corriente.”

Ella es una líder innata. De esas que ha organizado a las personas de su barrio, en su mayoría desplazados por la violencia, para acceder a servicios, educarse, y tener derechos. De esas que un día, luego de haber trabajado por años como empleada del servicio doméstico, se dio cuenta de que los maltratos que sufría no eran justos, y que eso también lo vivían muchas mujeres a su alrededor. De esas que es madre de dos hombres -uno es un niño que sueña con ser futbolista y entrena todos los días- y de una niña que quiere ser profesional. De esas que también es abuela, a su corta edad, y que cuida y mima a su nieto como un nuevo hijo.

Mejor dicho, María es una mujer berraca que no tuvo miedo de montarse en un avión y venirse a hablar a Harvard sin titubéos. Que le dijo “excuse me” a una profesora reconocida de esa Universidad que muchos ven como inalcanzable, para cerrar con broche de oro un discurso por el que todo el mundo pregunta. Es una mujer que luego de eso ha aparecido en medios de comunicación, ha hablado en BluRadio, de la que han hecho un documental y que ahora se codea con los grandes líderes de este país. Porque sí, ella hace parte de ese grupo selecto de personas que van contra la corriente.

María es inspiradora, por dos razones. La primera es que no piensa solo en su propio beneficio como la mayoría de las personas, sino que piensa en su comunidad, sin muchas veces tener los medios económicos que le darían la tranquilidad de dedicarse a eso. Mejor dicho, mientras trabaja en una litografía para ganarse el salario que le ayuda a mantener a su familia, saca tiempo para liderar una organización de mujeres que muchas veces ni se ganan el salario mínimo. La segunda, es que María es dueña de su poder y responsable de ejercerlo, y esa es la fuerza que transmite a los demás.

Esa María que yo conocí y con la que he sentido una solidaridad sin límites es también la que me inspira a seguir trabajando por los derechos de las empleadas del servicio doméstico. Y no es la primera que conozco: he estado rodeada de maravillosas "Marias" toda mi vida. Pero mi lucha también me ha traído críticas. Una de ellas, que agradezco mucho porque me ha hecho reflexionar, es que yo puedo estar haciendo este trabajo como una forma de lavar mi consciencia de clase.

No voy a negar que todo el reconocimiento que María Roa ha recibido a partir de su visita a Harvard sí me hace sentir bien. Decir lo contrario sería una mentira gigante, porque ¿cómo no me voy a emocionar de ver que su discurso y su lucha están transformando vidas, que su voz se ha regado por el país y que los derechos de las empleadas del servicio están siendo visibilizados? También me emociona porque le da valor a mi investigación y a mi trabajo. Un trabajo que llevo haciendo desde el 2009. Para mi quiere decir que no estoy perdiendo el tiempo, que hay mucho por hacer y que hay que seguir en la lucha aunque sea contra la corriente.

Como veo esta crítica es más orientada al tema de los privilegios. Es decir, yo soy una persona en muchos sentidos privilegiada. He tenido acceso a grandes oportunidades, a educación y a conexiones que me han permitido llegar a donde estoy. No lo niego. Pero mi pregunta aquí es ¿Qué debo hacer con ese privilegio que no puedo negar y sobre el que tampoco quiero sentirme culpable? Desde mi perspectiva tengo dos opciones: Una es aprovecharlo al máximo para seguir escalando: como dicen muchos, aprovechar que estoy en Harvard para salir de acá a hacerme rica o poderosa. Esa es una opción respetable pero que yo personalmente no comparto.

La segunda es usar mi privilegio para darle voz a muchas personas que normalmente no son escuchadas. ¿Es eso una forma de sentirme bien, nada más? ¿Debería sentirme culpable por el lugar de donde vengo o las oportunidades que he tenido? ¿Mi origen me hace automáticamente una discriminadora? ¿Trabajar por los derechos de las empleadas del servicio doméstico es caridad o verdadera inclusión?

Hay muchas respuestas a esas preguntas. Creo que más allá de quien soy yo, lo relevante es qué hago por los demás. No soy responsable por el sitio en el que nací, sí lo soy por lo que hago a partir de esas oportunidades que he tenido. La verdadera pregunta para mí es cómo usar ese privilegio.

Yo intento vivir desde la inclusión. Tengo mil prejuicios que me llevan a estereotipar a muchas personas y no me siento orgullosa de eso. Mi lucha acá es también interna: Ir contra la corriente de mis propios prejuicios y de los de las personas que me rodean para entender al otro como un ser humano; buscando que mis luchas no sean pañitos de agua tibia sino peleas por una inclusión real. Por el momento seguiré haciéndolo y reflexionando al respecto desde el único sitio que puedo hacerlo: el mío.

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