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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

"CALLADITA SE VE MÁS BONITA"

Hace un par de semanas desperté sintiéndome "bruta". Obviamente, no es la primera vez que me pasa, pero esta vez no lo ignoré. La noche anterior me habían invitado a una comida con personas a las que respeto y admiro mucho. Éramos 6 en la mesa: 4 mujeres y 2 hombres. Todos personas educadas latinoamericanas que decimos luchar por la igualdad de diferentes grupos. La conversación giró alrededor de los prejuicios y la crítica en EEUU y en América Latina. Al final de comer delicioso me devolví para mi casa con un sinsabor que me demoré varios días en procesar.

Lo primero que sentí al despertarme a la mañana siguiente fue que no había estado a la altura, mejor dicho, yo era una "bruta" porque no había participado activamente en lo que se habló en la mesa. Cada vez que me atreví a decir algo batearon la idea lo más lejos posible y volvieron a su argumento. Pero al hablar con otra de las mujeres presentes me di cuenta de que no era yo, que en realidad uno de los hombres en la mesa había monopolizado la discusión casi totalmente, y que el otro hombre, mi amigo, había intervenido un poco más, mientras las cuatro mujeres restantes nos quedamos calladas pese a que teníamos mucho que decir.

Lo primero que pensé después del episodio es ¿Por qué mi reacción fue sentirme bruta? ¿Por qué antes de juzgarme por no haber conversado fluidamente como me gusta hacerlo, no analicé primero lo que estaba pasando en la mesa: un hombre que no quiere soltar la palabra porque está acostumbrado a ser oído?

No es la primera vez que me pasa. Crecí en un entorno en el que los hombres hablan de política y las mujeres oyen aunque tengan cosas importantes que opinar. Desde chiquita quise meterme en las conversaciones de los hombres sentados en la sala de la finca de mi abuelo con una botella de aguardiente en la mesa. Muchas veces mis papás me llamaron “contestona y grosera” por hablar entre los hombres grandes siendo todavía una niña. Pero no me callé aunque en el fondo la frase de “calladita se ve más bonita” siempre estuvo presente. De hecho estudié Ciencia Política para poder opinar sin ser “bruta” pero aún así cada vez que abro la boca en mi familia quedo como mosca en leche porque debería guardarme mis opiniones: los hombres son los que saben.

Tampoco me callé en un colegio en el que a medida que fuimos creciendo los niños de nuestro curso trataban de callarnos cuando alzábamos la mano en clase. Yo opinaba porque sentía que tenía algo que decir, y aunque me costara nunca dejé de hacerlo. Las cosas se pusieron más duras en la universidad porque no sabía nada de derecho, y me costaron varios semestres y mucha valeriana atreverme a participar como me gustaba: ¿Qué tal que dijera alguna brutalidad? El colmo de todo llegó en EEUU, donde el salón de clase estaba lleno de gente “brillante” y donde alzar la mano hacía que me temblaran las piernas aunque estuviera sentada en la silla.

Lo que me pasa a mí se lo he oído a muchas mujeres a mi alrededor. Y estas no son mujeres brutas, de hecho son mujeres preparadas, curiosas, brillantes, con ideas diferentes y sustentadas, mujeres que estudian y se informan. Sin embargo, les cuesta discutir en espacios masculinos y terminan sonriendo tímidamente frente a argumentos completamente carentes de sentido de hombres a los que les enseñaron que son inteligentes y tienen la razón. ¿Por qué nos quedamos calladas? ¿Por qué dejamos que otros hablen por nosotras, ridiculicen nuestras ideas e interrumpan nuestros argumentos cuando sabemos que quizás tenemos mayor conocimiento que ellos?

Aclaro que no tengo una respuesta, pero empezando a pensar en esto se me ocurren al menos dos cosas. La primera tiene que ver con que muchos hombres ignoran lo que otras personas a su alrededor pueden aportar a la discusión, porque la sociedad les ha enseñado que siempre tienen la palabra y la razón. No pienso que sean machistas a propósito, los llamaría “inconscientes” para darles el beneficio de la duda. Pero no deben escudarse en la “inconsciencia” para seguir ignorando las ideas de las mujeres a su alrededor, porque en la práctica más allá de la intención, el efecto es el mismo: dejar por fuera a las mujeres. Me gustaría que se abrieran a conversaciones más amplias en las que todas las personas en una mesa puedan aportar. De verdad creo que así todos podríamos aprender más.

La segunda es el papel de las mujeres en estos espacios. Yo le apostaría a que tratáramos de ir en contra de lo que nos han enseñado, en contra del “calladita se ve más bonita”. Ojalá empezáramos a confiar un poquito más en lo que sabemos y decimos para enseñarles también a quienes nos rodean. No es que tengamos que volvernos prepotentes y monopolizadoras de la discusión, pero sí que participemos desde la posición de personas que también sabemos de lo que hablamos.

Mi preocupación principal con lo que pasó en la comida es que esto pasó en una mesa donde estábamos sentadas cuatro mujeres educadas, y en la que por lo menos tres trabajamos por los derechos de las mujeres. ¿Qué se puede esperar en espacios mucho más cerrados y tradicionales: en la mesa del comedor de una familia colombiana, en una finca de café, o en un club social? Ayer perdimos las mujeres en las elecciones colombianas en la que la mayoría de los candidatos y elegidos fueron hombres, y no necesariamente porque las mujeres no podamos liderar.

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