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BENDITA DUDA

ANTES DE EMPEZAR: Cruzando Fronteras

Estoy cumpliendo un año desde que escribí la primera entrada de este blog. Un año desde que salté al vacío, abriendo el closet de mis ideas y mis sentimientos al mundo. Agradezco toda la paciencia que me han tenido y la fuerza que me han dado para seguir exponiéndome. En este proceso he pasado de apuntar el dedo hacia los demás para apuntar cada vez más al centro de mi corazón; he oído opiniones encontradas pero al mismo tiempo he entendido que no soy tan rara como pensaba: hay otras personas a las que los estereotipos de los que hablo también las tocan; me he conectado con gente de países y culturas que nunca me imaginé, desde feministas polacas hasta colombianos en Nepal y Canadá; me han publicado entradas en otros medios; y aunque a veces no lo logro, sigo buscando construir puentes en lugar de barreras.

A raíz de todo esto y del interés que he visto en quienes me rodean de participar en la conversación que empecé hace un año, junto con mi amigo Carlos Felipe, hemos decidido sacar el blog de este closet y apuntarle a cruzar otras fronteras. Hoy estamos lanzando la Revista Frontera como un esfuerzo conjunto de personas que escribimos en español para quienes leen en español, y que buscamos ampliar los debates personales y políticos en América Latina y España. Mi closet sigue abierto, pero ahora se abrirán otros más. Cambio de sitio, pero sigo en el mismo proceso de ventilar estereotipos para seguir aprendiendo cómo cruzar mis fronteras y conectarme con el ser humano que está en cada uno nosotros.

AHORA SÍ: Bendita Duda

Hace unas semanas me senté en el coloquio de mi doctorado en el que una de mis compañeras presentó el avance de su investigación. Muy elocuentemente ella explicó un pedazo de la historia del derecho internacional. Fue una presentación interesante y sin embargo me sentí completamente desconectada. Era un sentimiento de estar en el lugar equivocado: ¿Qué hacía yo, una activista de corazón que quiere meterle las manos al mundo para mejorarlo y combatir las injusticias del día a día, sentada en un auditorio discutiendo la historia de un derecho que crearon unos abogados hace más de sesenta años?

Debo confesar que me la paso dudando de todo lo que hago: de mi lugar en el mundo y el sentido de mi vida. Algunos dirán que eso es bueno, eso me hace crítica y me impulsa a cambiar y a mejorar; aunque a veces como Jorge Drexler quisiera que la hermana duda me diera un respiro. Tal vez es que no quiero perderme de nada y por eso me cuesta decidir. Desde que era chiquita, quería jugar muñecas sin perderme la conversación de la visita en la sala de mi casa. Mi mamá me decía que no podía estar en todas las emisoras al tiempo.

Quise ser desde actriz de teatro, hasta abogada y médica. Cada semestre de derecho lloraba ante la encrucijada de no disfrutar muchas de las clases y saber que como abogada tal vez podría hacer mucho por los demás. Cuando resolví hacer mi doctorado, tuve que diferirlo por un año porque me agobiaba la idea de ser una académica desconectada del mundo. En el piso 14 de una ONG en Nueva York, mi jefe del momento me dio uno de los más sabios consejos de la vida: que más allá de hacer o no el doctorado o cualquier otra cosa, tenía que hacerlo siguiendo mi corazón. Tal vez ha sido eso lo único que viene a rescatarme cuando me sumerjo en mis dudas.

El miedo a la duda no es solo mío, y cada cual responde diferente. Una parte de las personas que conozco sigue la idea de que antes de los treinta ya deberíamos saber qué y quién nos gusta, si nos vamos a casar, con quién nos vamos a casar, si vamos a tener o no hijos, de dónde venimos, y para dónde vamos. Pero me pregunto: ¿No se trata la vida de lo contrario: de vivir, cometer errores y aprender en el intento? ¿No se trata la vida de poder reivindicarnos con nosotros mismos, de aprender a perdonar y a perdonarnos? ¿Deberíamos saber hacer todo eso desde el preciso momento en que nacemos, o estar abiertos a lo que venga y dispuestos a disfrutarlo?

Tal vez esa idea de planear y seguir la lista de mercado de la que he hablado antes es un intento por contrarrestar el miedo a las incertidumbres del futuro. Sin embargo a muchos les genera más ansiedad que paz. En el fondo seguir esa lista de mercado sólo nos da un espejismo de tranquilidad. Y digo "espejismo" porque la vida nos presenta constantemente nuevos caminos en los que la duda aparece sin tregua. Yo intento no apostarle a seguir la lista de mercado, sino a seguir mi corazón, dando por hecho que la duda es una constante que es mejor amar que evitar.

Un amigo me preguntó si no sentía miedo de escribir un blog y de que un día cambiara de parecer sobre algo que había escrito antes. Si no temía que ese cambio de opinión me persiguiera como un monstruo en las noches, porque los demás me juzgarían por mi falta de criterio o por mis vaivenes mentales y emocionales. Esa misma crítica la vi cuando Mockus apoyó a Peñalosa hace un par de semanas. Pero me pregunto si por el contrario no deberíamos admirar la valentía de quien duda y rectifica su camino; si un Mandela o un Mujica no tuvieron la oportunidad de dudar de la violencia y cambiarla por la democracia, y de paso enseñarnos a todos el poder del perdón.

Lo que le respondí a mi amigo es lo mismo que hoy me hace pararme firme frente al espejo de mis dudas: no me interesa tener todo resuelto, mi vida se trata de ponerle el corazón a lo que hago y de aprender. Espero mantener la cabeza abierta, aceptar las dudas en momentos en los que la incertidumbre me carcome, y dejar entrar cada uno de los cuestionamientos que llegan para mejorar. Qué horrible habría sido quedarme con las certezas que tenía a los 18 años; seguir pensando desde la homofobia, el machismo, y el clasismo que en ese momento inundaban mis pensamientos. Qué impotente me siento cuando veo a gente de mi edad anclada asumiendo que lo mejor ya pasó, y cerrándose ante los regalos que trae la vida. Ojalá nunca deje de dudar y de aprender, y ojalá eso se note en lo que escribo en este blog.

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