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O MUERE ÉL O MUERO YO

(Originalmente publicado en la REVISTA FRONTERA)

La semana pasada muchos estudiantes marcharon en Cambridge, Massachusetts por temas de racismo en la Universidad de Yale y otras universidades. Al día siguiente me desperté llena de fotos y noticias en Facebook que revivieron una vez más que el racismo estaba lejos de ser un tema de hace 500 años: en los pasillos del edificio emblemático de la facultad de derecho de Harvard donde normalmente nos miran sonrientes los profesores de la facultad, las fotos de cada uno de los profesores afro-americanos estaban tachadas con una cinta negra. Para mí el mensaje es claro: la intolerancia está viva.

No se trata de un hecho aislado de racismo en EEUU, sino de una conducta de falta de tolerancia que se repite todos los días. Parece que somos incapaces de vivir con quien es diferente: o muere él o muero yo. Lo vimos en los atentados en París contra civiles inocentes, en la respuesta inmediata de bombardeos en Siria contra miles de personas que nada tienen que ver con ISIS, en los atentados en Beirut, en Nigeria, en Pakistán, y la lista parece no acabar.

Luego, ciertos intentos de unión y empatía, y de nuevo la intolerancia de quienes pensaron que lo ideal no era rezar; que no entendieron por qué alguien puso la bandera de Francia en su foto de Facebook cuando miles de cosas pasan en otras partes; de periodistas “gringos” que dijeron que todos los musulmanes son terroristas; luego de cadenas de correos que me han llegado señalando que el islam es el enemigo, etc. Y así, ciclos de intolerancia sobre intolerancia, de respuestas violentas a actos violentos, y de odio que solo siembra más odio.

Esta intolerancia parece algo de otro planeta, algo que no nos toca: “Los intolerantes son los que pusieron las cintas negras”. La intolerante es María Fernanda Cabal que salió a Twittear de nuevo desde el odio. ISIS es el intolerante que no acepta a occidente…y viceversa. Pero poco nos preguntamos sobre nuestra relación con estas olas masivas de intolerancia que llenan nuestros televisores y el feedback de nuestro Facebook.

Aunque yo me la paso hablando de tolerancia y de los derechos de grupos marginados que han sido discriminados por ser, pensar, y sentir diferente, la verdad es que estoy lejos de ser una persona tolerante. Me cuesta mucho aceptar que haya personas que no sean conscientes del mundo en el que viven y el sufrimiento de quienes los rodean. Me cuesta entablar diálogos con personas que piensan que las parejas del mismo sexo no deberían tener derecho a casarse o a adoptar, o que responden con un “gas” cuando les digo que voy a estudiar la situación de las trabajadoras del servicio doméstico. Me quedo muda y quiero salir corriendo. Sencillamente no las tolero. ¿Debería hacerlo? Mi primera reacción es pensar: ¿Cuál es el punto si no me van a escuchar y mucho menos a entender?

No las tolero y les dejo de hablar, porque piensan diferente, porque no están sintonizados con lo que yo hago, con lo que yo he aprendido, o con mi visión del mundo. No pretendo igualar los grados de intolerancia. No es lo mismo matar a civiles inocentes que dejar de hablar con la persona con la que no estás de acuerdo. Tampoco quiero decir que tenemos que aceptar todo lo que los demás hacen o dicen, especialmente cuando con sus actos y palabras están excluyendo al que es diferente y con ello legitimando siglos de historia de maltratos y discriminación. Tenemos derecho a ponernos bravos, a protestar, a expresar nuestro enojo por situaciones como la de las cintas negras en Harvard. Sin embargo lo que sí es cierto es que la intolerancia, en diferentes niveles, lleva a la desconexión, no permite ver el ser humano que está en esa persona que hace o piensa diferente a nosotros.

Es allí donde me encuentro ante la gran encrucijada: ¿Qué es ser tolerante? ¿Debería sentarme en la mesa a conversar con un discriminador, una persona que quema libros o que cree que las mujeres son menos que los hombres? ¿Sentarme a oír a esa persona implicaría que estoy legitimando lo que dice o hace? Pero por otra parte, ¿cómo puedo pedirle a la gente que se siente a conversar con el enemigo, que perdone y se perdone, cuando yo misma creo barreras frente a quienes no comparten mis ideas? La tarea es dura, porque darme cuenta de las semillas de mi intolerancia y mi deseo de cerrarle la puerta en la cara a lo que en EEUU llamarían un “bigot” choca con mis ideas acerca de la democracia, el diálogo y la paz que me la paso defendiendo.

Más allá de una banderita en Facebook, estoy a la tarea de empezar a conversar con el que piensa y siente diferente. Trato de hablar desde el corazón y la empatía y de cumplir al menos con el deber de no taparme los ojos y los oídos. Eso no implica legitimar sus perspectivas muchas veces racistas ni clasistas, sino abrir espacios para entender mejor un problema porque como lo he dicho antes, muchas veces la discriminación responde a la ignorancia, o a la inconsciencia. Y les dejo una pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que conversaron por más de diez minutos con alguien con quien no están de acuerdo sobre algo que para ustedes es fundamental?

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