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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

SIEMPRE ANTES DE 30

(Originalmente publicado en la REVISTA FRONTERA)

Acabo de cumplir 30 años. Llevo más o menos lo que espero que sea un tercio de mi vida en este mundo, y no para de sonar en mi cabeza Shakira, cuando en Pies Descalzos cantaba “las mujeres se casan siempre antes de 30, sino vestirán santos aunque así no lo quieran…”. Nunca imaginé llegar a los 30; en mi cabeza era un número muy lejano. La verdad es que estoy lejos de lo que alguna vez pensé que significaba entrar al tercer piso, aunque las arrugas ya se empiezan a asomar a los lados de mis ojos que han soñado y visto.

Desde chiquita siempre quise ser grande, y para mí uno era grande cuando cumplía los 30. No me gustaba tener que pedir permiso para todo, no poder tomar mis propias decisiones, ni ganar mi dinero. Me gustaba el mundo de los adultos, las conversaciones sobre negocios, política, matrimonios y muertos que siempre estaban presentes en el comedor de mi casa. Me gustaba el poder que daba “ser grande”, sobretodo porque pensaba que tendría certezas y seguridad, el camino claro y seguro del que sabe de dónde viene y para dónde va.

Crecí con la idea de que los 30 marcaban un punto de no retorno. Imaginé por mucho tiempo que estaría casada, con hijos y que tendría un apartamento y un carro. Tendría un súper trabajo y sería una ejecutiva exitosa. Literalmente, crecí con una lista de mercado que iba chuleando, con la tranquilidad de pensar que los adultos lo tenían todo claro.

Sin embargo, ahora que cumplo 30 me doy cuenta que no estoy casada ni con hijos pero sí profundamente acompañada y amada; que no tengo un apartamento pero sí una casa con luz y música y una súper roommate; que no tengo un carro pero en cambio tengo una bicicleta que me deja pedalear por el mundo a mi ritmo; que no tengo un súper trabajo pero que todos los días me despierto emocionada con lo que estudio y las ideas que encienden pequeños fuegos artificiales en mi cabeza. Sobretodo, estoy lejos de tener alguna claridad sobre lo que el futuro me depara pero emocionada con lo que viene.

En realidad, muy pocos adultos tienen claridad sobre su vida. No son ni de cerca los superhéroes que yo veía desde la silla de mi niñez. Muchos treintañeros que me rodean han empezado a adoptar fanatismos para anclarse a una idea fuerte. Entre mis amigos, empiezo a ver a quienes desesperadamente inician una carrera hacia el éxito económico y el estatus, pensando que el tener y el aparentar les van a dar la tranquilidad que necesitan. Otros han empezado a acercarse a temas más espirituales y cada vez hablan más de Dios y de crecimiento interior. También hay algunos que como yo, han buscado anclas en el desarrollo profesional o académico, agarrándose de alguna idea que los libere del miedo a no tener respuestas claras. Cada uno a su manera y a su medida, busca tablas de salvación al verse expuesto ante el desconcertante paso a la vida adulta, que se parece bien poco a la idea de seguridad que nos vendió la sociedad.

Desde que el espejismo de las certezas se derrumbó en mi vida, he empezado a darle un nuevo significado a los 30. Sin dejar de querer, he roto con ideas, planes y personas del pasado. Asumiendo que no soy "monedita de oro" para caerle bien a todo el mundo y dejando de fingir, he dejado atrás amigos con los que crecí y con los que pensé que siempre compartiría momentos de tristeza y alegría. Estoy aprendiendo a aceptar las angustias que todos experimentamos ante el desconcertante camino que es la vida. He aprendido a vivir con más calma, confiando en lo que viene y he dejado de correr, para empezar a apreciar y a disfrutar, y sobretodo a celebrar cada lágrima, y cada sonrisa.

Un día, cuando una de mis amigas del corazón cumplió 30, la llamé para felicitarla y agradecerle por el camino que juntas hemos recorrido. Le pregunté cómo se sentía, y me dijo que era duro cumplir 30, que ya estaba vieja. Me aterró la respuesta precisamente por lo obvia. Vivimos en una sociedad donde lo más valorado es la belleza, la juventud y la riqueza. Dejar los 20, es dejar de ser joven. Yo le pregunté si era más feliz a los 30 que cuando cumplió 20, y pese a la respuesta anterior, me dijo que sí. Que se sentía feliz de ser más libre, de estar más segura de sí misma y de preocuparse cada vez menos por el qué dirán.

La respuesta de mi amiga es la misma que mi mamá me ha dado durante mucho tiempo y que apenas empiezo a comprender. Ella siempre me dijo que no se devolvería un solo año, porque cada minuto que pasaba era más feliz. Yo estoy completamente de acuerdo con mi amiga y con mi mamá. Pese a lo que nos han dicho mucho tiempo con frases como “la mejor época de la vida es el colegio”, “todo tiempo pasado fue mejor”, “o es que vamos pa’ viejos y pa’ pendejos”, yo estoy lejos de sentirlo así.

Estoy matada con cumplir 30, y lista para lo que se viene. Hoy estoy rodeada del amor de amigos que se han vuelto mi familia, he pasado por relaciones hermosas y conocido a personas nuevas que me llenan el corazón, he aprendido a entender a mis papás como seres imperfectos y a agradecerles por todo lo que han hecho por mí, y con ello, he empezado a comprender mis propias imperfecciones. Mi novio me preguntó cuál es mi meta para los 40, y mi respuesta fue: “ser más feliz que hoy que cumplo los treinta… si es que eso es posible”.

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