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CACHETES DE MARRANA FLACA

(Originalmente publicado en la REVISTA FRONTERA)

El peso siempre ha sido un tema importante para mí. Mi mamá y Rosi –mi segunda mamá- me decían “gordita” por cariño cuando yo era muy chiquita. En esa época cuando mi mamá me decía Valentina, yo sentía que me estaba regañando y la corregía: “Valentina no, ¡gordita!”. Era una manifestación de amor que poco tiempo después se transformó en una fuente de sufrimiento.

Recuerdo que apenas entré al colegio un niño me empezó a molestar en el patio de juegos diciéndome “cachetes de marrana flaca”. ¿Qué tenían de malo los cachetes redondos de una niña de 5 años? A los 8 años mi mamá me llevó a la nutricionista para empezar mi primera dieta. Tuve que dejar de comer los Choco Krispis que amaba porque estaba “gordita”. Mientras mis amigas comían papás de limón y chocolates, yo tenía que comer frutas y galletas endulzadas con aspartame. ¿Qué tenía de malo mi cuerpo? ¿Por qué era peor que el de las otras niñas de mi edad?

De ahí en adelante no he parado de hacer dietas. Las he hecho todas: la del atún y la piña, la de los 13 días, la de las proteínas, las que me inventé y todas las que me dijeron. Tuve una época a los 15 años en los que no me comía un solo dulce ni una harina. Y otra a los 19 en los que me adelgacé hasta que las costillas se veían en mi espalda. Los comentarios bienintencionados en mi familia y los piropos de mis amigas siempre han estado ligados a mi peso: “como estás de flaca y de linda”, “podrías rebajar un par de kilitos y quedarías perfecta”, o “a las gordas no las quieren sino los papás”.

Aunque ahora soy mucho más responsable de mi alimentación y las dietas suicidas quedaron atrás, no he dejado de preocuparme un solo día porque en mi cabeza siempre voy a estar “gordita”. Esto no me pasa solamente a mi sino a muchas mujeres que me rodean. La mayoría son mujeres latinas de una clase social específica que valoran los cuerpos flacos porque la sociedad y los medios les han enseñado que la gordura es símbolo de pereza y de mala alimentación, pero sobretodo de fealdad. Para muchos y muchas es inconcebible que una mujer gorda pueda ser bonita.

Mi mamá, por ejemplo, solo se tomaba un jugo de naranja al desayuno y a la comida porque “estaba muy gorda”, aunque siempre ha sido flaca. Tengo una amiga que hizo una dieta que la llevó a la anorexia a los 15 años, para que el niño que le gustaba le “parara bolas”. Otra que llegó a pesar 40 kilos porque se obsesionó con la comida saludable. Una amiga vio a su mamá toda la vida haciéndose cirugías y dietas yoyo, y optó por su salud; pero siente que otras mujeres observan su cuerpo de arriba a abajo y lo comentan cada vez que pueden.

Conozco a otra que se adelgazó después de una tusa y a quien su familia halagó más por estar flaca que por lo libros publicados o por haber entrado a Harvard. Y un par más que sentían que no querían subir de peso durante el embarazo, que sus esposos ya no se interesaban en ellas como antes, y al mismo tiempo se sentían culpables por no ser buenas mamás. Tengo ahora muchas amigas que acaban de tener bebés y sufren por “no tener el cuerpo de antes” o por adelgazar a como dé lugar. Esas son solo algunas historias que con lágrimas en los ojos me han contado quienes me rodean.

Yo me siento mal por seguir preocupándome por el peso cuando sé que es una construcción social, cuando he aprendido a aceptar lo bueno y lo malo que tengo, cuando me dedico a trabajar con mi cabeza y no con mi cuerpo, y cuando estoy segura que mi atractivo va más allá de tener medidas de modelo. Esa obsesión con el cuerpo para mí es un sufrimiento que me cuesta admitir; y es precisamente dura porque yo critico la superficialidad y la visión de las mujeres como simples objetos decorativos, y sin embargo sigo preocupada por la apariencia más simple: mi peso.

El peso para mí, y para muchas otras, es una fuente de control. Cuando mi vida parece descarrilarse, cuando me enfrento con problemas que no puedo resolver, sé que tengo mi peso en mis manos. Es la forma en la que vuelvo a tomar las riendas de mi destino, aunque sea a costa de hacerme daño. Y es algo completamente irracional que me invade, que sé que está mal, que va contra todo lo que creo, y que no obstante inunda mis pensamientos y no me permite apreciar de verdad la belleza que está en mí y en cada una de las mujeres que me rodean.

Mientras lucho contra este monstruo que aparece y desaparece en mi vida, y observo como embruja a mujeres perfectas y exitosas que comparten muchos de sus sueños y preocupaciones conmigo, solo me queda esperar que seamos las últimas de una cadena de mujeres que no logran amarse totalmente. Que compran la idea de los medios de comunicación que nos dicen que nuestro valor está en nuestra apariencia, y en frases tan irónicas como que las mujeres bonitas -y por supuesto esto solo incluye a las flacas- son las que tienen una buena vida. Que replican este sufrimiento con sus hijas y nietas, menospreciando sus logros, su agilidad, su destreza y su inteligencia por unos rollitos en la barriga o unos cacheticos redondos.

Tengo el propósito de no volver a halagar a las hermosas mujeres que me rodean refiriéndome a su peso, y he hecho el pacto con mis amigas de que no lo vuelvan a hacer conmigo. Estoy a la tarea de exponer esta angustia que parece muy superficial, pero que marca muchas de mis prioridades y mis formas de controlar lo incontrolable, y desgraciadamente, las de millones de mujeres en el mundo. De verdad espero que valoremos a las niñas que apenas empiezan a crecer por su humanidad y su corazón, y no por la talla de sus pantalones.

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