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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

"NO LLORE QUE SE VA A ARRUGAR"


Creo que llevo 30 años llorando. Mi mamá me cuenta que cuando era muy chiquita y ni sabía hablar en inglés, un día me encontró llorando al frente del televisor mientras veía Winnie the Pooh porque el burrito estaba triste. No necesitaba entender el idioma para conectarme con su mirada desconsolada. Aparezco en fotos con dos colitas y un vestido azul, llorando, al lado de mis primos sonrientes. Mi papá trataba de controlarlo diciéndome que llorara más duro y Rosi –mi segunda mamá- me decía casi todos los días: “No llore que se va a arrugar”.

En el colegio las cosas no cambiaron. Por más que intenté nunca paré de llorar. Se me hacía un nudo en el centro del pecho que me subía caliente por la garganta y simplemente no lo podía detener. Cuando menos lo pensaba, una oleada de agua salada salía por mis ojos. Recuerdo que cuando teníamos 9 años nos sentábamos en recreo todas las niñas de la clase a decirnos los defectos. El mío siempre era que lloraba demasiado. Me daba pena llorar porque no me iban a querer, porque no iban a ser más mis amigas.

Hubo un par de años en los que finalmente logré dejar de llorar. Empecé a vivir como una autómata. Trabajaba en varios sitios, hacía ejercicio, contabilizaba cuantas calorías me comía, organizaba un cronograma diario de trabajo que cumplía a cabalidad, hacía aplicaciones para universidades y dormía. Pese a que las cosas marchaban aparentemente a la perfección, yo me volví una persona impenetrable, invulnerable, y con un genio del que hasta mi hermano huía. Me fui del país y tras conocer a dos amigas del alma me di cuenta que no distaba mucho de convertirme en una máquina. De chiste en chiste entendí que pese al éxito aparente me alejaba mucho de la felicidad, y decidí volver a llorar.

Hoy todavía y pese a mi decisión, muchas de las personas que me rodean me juzgan por llorona. No saben qué hacer con las lágrimas que brotan de mis ojos. Lo veo en sus caras de desesperación, de incomprensión, en las luchas infructuosas para hacerme reír para calmar mi llanto. También hay otros que me conocen más, y simplemente me abrazan, me apapachan, me secan las lágrimas y oyen mi sollozos. Me pregunto ¿Porqué tenemos tanto miedo a las lágrimas? ¿Porqué pareciera que tenemos menos temor a la violencia que al líquido sanador que se escurre por las comisuras de nuestros ojos? ¿Porqué queremos evitarlas a toda costa?

Creo que nos educan para ser robots. Ser fuerte es no llorar, y mucho menos en público. Que nadie se dé cuenta que sientes. Que nadie se dé cuenta que eres humano, que eres vulnerable, que eres más que una cabeza pensante o un cuerpo deseado, resistente o enfermo. Que nadie logre ver a través de esas lágrimas lo que se esconde en tu alma. Por que el que llora es un débil, un descontrolado, una persona que se deja llevar por sus emociones y sentimientos.

Y es peor si eres hombre, porque “los hombres no lloran”. He visto a mi papá llorar una vez en la vida, el día que se murió un ser querido. Nunca más. No sé como lo logran, cómo guardan tanto adentro cual olla a presión que está a punto de estallar. Y luego vienen las enfermedades, el estrés, las rabias desatadas en violencia, los infartos, las peleas, el cuerpo que se hace metálico por dentro y por fuera para dejar de sentir, para nunca expresar. Y a diferencia del hombre de hojalata parece que no estamos buscando que el Mago de Oz nos dé un corazón. De verdad me enorgullece el hombre valiente que se atreve a llorar, aun sabiendo que podrían descubrir que es persona.

Nos dicen que llorar no resuelve nada, pero yo no estoy de acuerdo, resuelve mucho. Cuando lloro me libero, me relajo, duermo rico, me tranquilizo, lavo mis ojos y mi alma. Muchas veces me evita peleas injustificadas con los demás porque me apacigua. Qué bueno sería un mundo en el que lográramos que con una buena llorada se fuera tanto odio y resentimiento. En el que purificáramos nuestro interior en lugar de mantenerlo manchado de emociones que muchas veces nos amargan y sacan tanta agresividad contra el que está parado al frente.

Llorar no es la única forma de expresar rabia, frustración, dolor, tristeza y hasta alegría. Es la mía, la que he encontrado para relajarme, para aceptar que soy un ser humano, para dejar que el nudo que se hace en el centro de mi pecho se desate. Lo hago libremente en público o en privado, sin ataduras ni temor a que dejen de quererme. Sin miedo a parecer menos racional, menos fuerte, ni menos valiente. No me preocupan las arrugas alrededor de mis ojos, me preocupa más que estemos en una sociedad que quiere educarnos para dejar de expresar nuestra humanidad.

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