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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

CAZANDO FANTASMAS

Crecí tratando de encajar. Siempre sentí que era diferente a mis amigos, yo era demasiado: demasiado “ñoña”, demasiado llorona, demasiado esforzada, demasiado competitiva, demasiado sensible, demasiado mala para los deportes, demasiado apasionada por aprender todo lo que me enseñaban, por escribir el mejor cuento, hacer el dibujo más bonito o la maqueta más grande. Y por ser demasiado la pagué caro.

Nunca me sentí muy querida por la mayoría de mis amigas. Cada tarde llegaba a mi casa llorando y luego de bajarme del bus le decía a mi mamá que no quería volver más al colegio; ese día había peleado con alguna de ellas. Me habían dicho llorona, me habían hecho “la ley del hielo”, me habían dicho que mi ropa no les gustaba o que le preguntara a sultanita porque “ella mandaba el juego” mientras yo esperaba en el recreo a que me dejaran jugar con ellas.

Me acuerdo como si fuera ayer que a los seis años iba a la clase de pintura de “Piedis” y había pintado unas montañas encima de las nubes como las que veía por la ventana de mi casa cuando miraba el nevado. Durante el tiempo que duraron las clases, mis amigas me molestaban diciendo “¡estamos en el cielo!” hasta que yo lloraba del desespero. Para ellas había sólo una forma de dibujar y de ver. No era la mía y por eso se burlaban, tratando de meterme en lo que sus ojos veían y sus manos pintaban.

Vi como a otros niños de mi curso los maltrataban. A los cinco años había niños que nadie tocaba porque eran “el infecto”. También vi como en cuarto de primaria todas las personas del curso le hicimos la guerra a una niña y dejamos de hablarle por días. Cuando estábamos grandes me acuerdo de haber estado en un salón en que una niña insultaba a otra injustamente, se creía con el derecho de hacerlo porque para todos ella era la “más rechazada”.

En el proceso de encajar sin éxito, yo hice parte de eso, nunca lo evité. No quería ser la apartada del curso, por eso y para no odiar a quienes me agredían y agredían a los demás logré cambiar el chip para verle el lado bueno a todos quienes me rodeaban. Fue una estrategia de supervivencia por 14 años. Una que aprendí tan bien que fue la única que me permitió prestar mis tareas y ayudarles en sus exámenes a mis agresores, para que no pasara un día más sin que me dirigieran la palabra. Nunca me defendí, ni defendí a otros.

Yo no fui la única matoneada. Tengo amigas a las que trataron mal en el colegio por no haber sido flacas o haber tenido el pelo crespo. Amigas a las que no les hablaron por años porque sus papás tenían tales o cuales ideas. Amigas a las que nunca invitaban a las fiestas porque “que oso que me vean con esa vieja”. Amigas a las que molestaron por no ser suficiente o porque como yo, eran demasiado. Porque no encajaban en un molde que no se quién diablos se inventó. Hoy todavía no entiendo la explicación para tanto maltrato. Un maltrato constante que caía gota a gota sin pausa. ¿Cuál era la causa de tanto rechazo? ¿Por qué no nos enseñaron a celebrar la diferencia sino a acabar con ella? ¿Por qué tanta intolerancia e irrespeto continuado?

Muchos de los fantasmas del bullying y los mismos “bullies” siguen presentes tanto en las vidas de estas amigas como en la mía. Para mi, por ejemplo, más de una década después, esa estrategia de supervivencia no ha cambiado. Aún hoy escojo ver tanto el lado bueno en quienes me rodean que ignoro mis propios sentimientos y mi corazón. No me permito pensar que los demás me hacen daño porque ese solo pensamiento me produce un dolor tan profundo de rechazo que me hago la de la vista gorda para sobrevivir.

Aunque digo defender los derechos de las mujeres y de las personas que sufren, me cuesta defender los míos. Hoy todavía me encuentro con “bullies” que quieren aprovecharse de la persona que soy, que me maltratan con frases como “calladita se ve más bonita”, “que persona tan brava” o “eres una feminazi”, pero sobretodo con actos que tratan de mantenerme trabajando como una hormiga: callada, sumisa, dócil.

La cosa es que no he parado de hacer demasiado, de moverme por la pasión, de querer aprender todo lo que me rodea, de comerme el mundo, de conversar hasta destruir el mundo y volverlo a armar. Quiero hacer todo y conocer todo. Y sí, sigo siendo muy diferente aunque he tenido la fortuna de rodearme de muchos amigos que me quieren y me valoran por serlo. He encontrado a quienes a pesar de no estar de acuerdo conmigo en muchas cosas, les gusta cómo veo el mundo, cómo me comporto y todo lo que me gusta aprender. A quienes se quedan conmigo conversando hasta el amanecer sin tratar de meterme en moldes en los que no hay espacio para lo que soy.

No me interesa encajar en el mundo de personas abusivas. Y con eso no me refiero sólo a quienes ejercen violencia física sobre los demás. Soy una de esas piezas del rompecabezas que no cabe en el espacio que queda y siempre ha sido así. Lo que sí espero es cazar todos esos fantasmas, y ver las señales de alarma cuando alguien no me trata bien, cuando abusa de mi confianza, de mi respeto y de mi amor; hablar duro y sin miedo, no permitir que otros se paren encima mío y me silencien. Espero que esta lucha no sea solo mía, y que no pase un día más en el que personas profundamente valientes y valiosas sigan soportando tantos desafueros, buscando encajar entre abusadores que las rechazan y tratan de domar sus espíritus libres y transformadores.

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