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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

CANSADA DE PEDIR PERMISO


Nunca me ha gustado pedir permiso, creo que era de lo que menos me gustaba cuando era una niña. Odiaba tener que pedirle permiso a mis papás para ir a una fiesta y quedarme bailando hasta el amanecer, como me hubiera gustado. Ese ritual de decirle a mi mamá, que ella me dijera que llamara a mi papá, y que él me preguntara: “¿qué dijo su mamá?”, me desconcertaba. Mi libertad dependía completamente de una decisión externa.

Aunque lo pedía tan convincentemente como lo podía hacer una abogada en potencia, muchas veces la respuesta era un no sin explicación. No veía la hora de no tener que pedirle permiso a nadie y eso es algo que aún hoy mi papá, entre broma y reproche, me repite cuando me dice “es que usted nunca ha pedido permiso”. Para no tener que pedir permiso me fui de mi casa apenas me gradué del colegio. Lo que no calculé era que mis papás no eran los únicos que iban a limitar mi libertad cuando no me dejaban ir a una fiesta. Implícita o explícitamente hay muchas cárceles en las que me han metido y en las que me he dejado meter a lo largo de los años.

Existe una cárcel que es casi invisible y es la casa por cárcel que no es solo para los que están en procesos judiciales. En países como Suráfrica o Colombia a las horas en las que empieza a oscurecer desparecen imperceptiblemente las mujeres de las calles. Hoy por ejemplo en Ciudad del Cabo mi clase de yoga se acaba a las 7 de la noche, cuando el sol se acaba de poner. No puedo irme caminando diez minutos hasta mi casa porque me “puede pasar algo”; es como si me pudiera encontrar el lobo feroz. Y cuando aguerridamente me he atrevido a caminar esas pocas cuadras, mi corazón ha latido con tanta fuerza que es como si efectivamente un lobo me estuviera persiguiendo.

Las calles se vuelven sitios de hombres, donde una buena mujer nunca debería estar “sola”. De ahí frases como “que no la coja la noche”, o es que ella es una “callejera”. Las mujeres buenas deben estar en las casas; con sus familias, esperando que sus esposos lleguen. Si están en la calle se exponen a que las roben, o peor aún, a que las violen, porque “quien las manda”. Y eso es algo que nos recuerdan constantemente los hombres en las calles incluso de día, cuando nos acosan recalcando implícitamente que estamos fuera de lugar, que no tenemos permiso para estar ahí.

Y luego está la cárcel del silencio en el que muchas veces debemos mantenernos. Porque como dice una amiga, que es la mejor poeta que he conocido, muchas mujeres no tenemos voz, no tenemos permiso para ser ni para hablar. Cierra bien las piernas cuando te sientes, solo los hombres pueden abrir las piernas, ellos si pueden ocupar espacio. Habla pasito, por qué si gritas, si dices lo que te parece enérgicamente o protestas, eres una loca, una “verdulera”, una “arrabalera”. Nada de estar brava, porque a las mujeres bravas no las quiere nadie. Y qué decir de llorar: guarda esas lágrimas porque eso es de mujeres locas e histéricas que se dejan llevar por sus sentimientos, de mujeres melodramáticas.

Guarda prudencia y recato: nada de escotes, ni faldas cortas. Guarda tus sentimientos que son una exageración. Aparenta estar bien porque “más importante que ser es parecer”. Guarda tus ideas que nadie quiere oírlas, seguro tienes muy poco que aportar. Guarda tu rebeldía porque eso sólo genera conflictos. Acepta con la cabeza agachada, con sumisión, porque eso es lo que hacen las “buenas mujeres”. Espera a que te inviten a salir, nada de llamar a un hombre porque eso lo hacen las “perras”. Y si no lo haces te atienes a las consecuencias: te quedas solterona, amargada, o peor aún, violada.

Yo estoy cansada de tantos permisos, de tantas cárceles. Me encantaría poder salir libremente por las calles a cualquier hora, que nadie me gritara cochinadas, y que mi corazón no latiera a mil por segundo por el miedo a que alguien me persiga. Me encantaría no tener que justificar mi conducta todo el tiempo, explicar por qué soy feminista, por qué no me he casado, por qué tal vez nunca tenga hijos, por qué lloro en público, por qué protesto y peleo, por qué hago un doctorado en temas de mujeres, por qué quiero a quienes me rodean “más de la cuenta”, por qué me pinto la boca de rojo, por qué salgo a una discoteca y me tomo unos tragos sin esperar que me maten, o por qué le echo los perros a una persona que me gusta sin tener que esperar a que antes me llame.

Me encantaría que las justificaciones se las pidiéramos al que de verdad hace algo mal, y que esta persona asumiera responsabilidades: a la persona que persigue y acosa, que viola, que maltrata, que calla a los demás, que minimiza, que somete, que masacra. A la persona que emborracha a otra para tener sexo con ella. A la persona que actúa como robot, que no muestra su vulnerabilidad, y a la que vive de las apariencias. A la persona que se aprovecha de sus posición para pasar por encima de otros. A la persona que mata a 50 en un bar porque no está de acuerdo con la forma cómo expresan su amor.

Pero mientras eso pasa yo he asumido expresar mi voz y mi ser. Esa es parte de la motivación detrás de este blog. No me importa que me digan que soy una loca, una puta o una boba. No me interesa caerle bien a todo el mundo, ni encajar en el molde de la “buena mujer”. Soy lo que soy, con complejidades, contradicciones y vulnerabilidades. Y sí, odio pedir permiso, está en la esencia del ser libre que me invade y que no quiero dejar morir.

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