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GRACIAS

“La esperanza es esa cosa con plumas que se posa en el alma y canta sin parar.”

-Emily Dickinson-

En estos días tuve la fortuna de encontrarme con un guía en el Museo de Robben Island, en el que estuvo prisionero Mandela por muchos años. El guía había sido prisionero político en la isla por cinco años por luchar contra el Apartheid. Luego de contarnos con detalle las terribles torturas que había sufrido y sacarnos lágrimas a más de uno, su cara cambió sorpresivamente dando paso a la felicidad.

Entre el grupo de visitantes del museo había un futbolista profesional de la selección sudafricana de fútbol. Apenas el guía lo vio, nos contó que en una época los guardias empezaron a dejar que los prisioneros jugaran fútbol los sábados. Era muy poco el espacio de diversión que tenían estas personas y el fútbol era una de las poquitas cosas que los sacaba de la angustia de estar en ese lugar. El guía nos contó quién era el futbolista, dónde había jugado, a qué equipo pertenecía en ese momento. Lo hizo con tanta pasión que sus ojos se iluminaron de emoción. Se me pararon los pelitos de todo el cuerpo de sentir la esperanza que este hombre transmitía. No era un hombre doblegado por la tortura y el resentimiento sino el dueño de una vida con sentido.

Muchas personas creen que trabajo en derechos de las mujeres para ayudarlas a ellas, y ese es el cuento que yo también me he creído durante mucho tiempo. Pero la verdad es otra. Cuando vi los indescriptibles ojos del guía me acordé de la razón por la que trabajo en lo que trabajo: la fortaleza que me transmiten quienes a pesar de haber sufrido angustias inhumanas logran moverse por la esperanza y la alegría, en lugar del miedo.

Luego de haber conversado con mujeres desplazadas de los Montes de María, de Ituango, y del Sumapaz, con trabajadoras sexuales del barrio Santa Fe, con fiscales que persiguen a secuestradores y asesinos en Barranquilla y Cartagena, con empleadas del servicio doméstico que luchan por sus derechos en Medellín, con sobrevivientes de violaciones sexuales en Suráfrica, con personas que han perdido a sus hijos y a sus nietos en Rio de Janeiro, y con muchos más, he llegado a la conclusión que la persona que más ayuda ha recibido he sido yo.

Puede sonar raro porque yo soy la abogada, la investigadora y la “experta” que está ahí para darles soluciones, pero la verdad es que yo soy la afortunada cuando cada una estas personas deciden abrirme una ventanita a su corazón. Todas ellas me han enseñado que siempre en medio del miedo hay espacios para la esperanza. Que los pocos recursos económicos no son una excusa para dejar de ser recursivos ni creativos. Que detrás de cada angustia hay una canción para exorcizar el alma. Que la reconstrucción de la vida empieza por reconstruir lo que cada uno lleva dentro. Y que el sufrimiento puede ser una fuente de aprendizaje y no de derrota.

Estas personas, como el guía surafricano, me han enseñado que las heridas más profundas no son las del cuerpo sino las del alma, y que para sanar el alma hay que bailar, jugar fútbol, unirse con los demás, aprender que la mayor fortaleza viene de la vulnerabilidad. Me han enseñado que la grandeza del espíritu no depende de la plata que tengas en tu cuenta de ahorros, sino de crear redes de confianza, de exorcizar demonios y solidarizarse con el otro. Me han enseñado el valor del arte para expresar los sufrimientos pero también la belleza y el amor.

Son todas estas personas quienes con su capacidad de perdón me han enseñado que no hay nada más restrictivo que el odio y miedo, y con esas enseñanzas me han ayudado a enfrentarme a mis propios fantasmas y resentimientos. Hablando con ellas me he acercado a mi cuerpo y a mis emociones. He aprendido a demostrar mi vulnerabilidad sin temor a que me hagan daño porque escojo la confianza para crear puentes y no paredes. He aprendido a bailar y a cantar desde reggaetón hasta cumbia y bachata, a perderme en un paisaje marino, y en una conversación a la hora del desayuno. A verme reflejada en los sufrimientos de los demás, y a ponerme en sus zapatos.

Mi papá me enseñó que hay que amar el trabajo por encima de cualquier cosa, y yo aprendí bien la lección. No cambiaría nunca el mío por nada ni nadie. Compartir con estas personas maravillosas más que un simple trabajo ha sido la oportunidad que me ha dado la vida para aprender a soñar.

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