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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

DOLOR DE PATRIA

Nunca supe mucho de Venezuela, tal vez lo poco que mostraban los medios: un país donde se imponía un líder de izquierda que salía por televisión con una sudadera de los colores de la bandera, y una boina del mismo color. Un país donde la gente marchaba, intentaba cambiar de presidente y no lo lograba. Un país donde el petróleo salía a borbotones de las entrañas de la tierra. Un lugar tan rico y pudiente que muchos colombianos adoptaron como su país por décadas. Tal vez para sacarme de mi ignorancia la vida me puso en el camino un amor venezolano, y este no ha sido un amor cualquiera.

Mi amor es uno de esos que ama a Venezuela como pocos. Que prende La Mega de Caracas mientras prepara el desayuno en un frío invierno de Boston. Que cada vez que hay una elección quiere salir corriendo a votar. Un amor que habla de sus “tequeños” y su “reina pepiada” como si fueran joyas de la corona, aunque no sean más que palitos de queso y arepa con pollo. Uno con el que peleo por el origen de las arepas y con el que parece que nunca gano la batalla. Pero sobretodo uno al que la mirada se le agua con una tristeza sobrecogedora cada vez que habla de su Venezuela, de ese pedazo de su corazón que se está desmembrando a pedazos.

Tratando de entender la profunda tristeza de su mirada, me fui a Venezuela para

ver con mis propios ojos lo que está pasando en su patria. Me fui para ver más allá de las noticias de una Venezuela en crisis, de gente haciendo cola, de hiperinflación y palabras rimbombantes que hacen ver que el país está mal. Me fui ante la mirada atónita de muchos conocidos que me decían: “¿A qué persona con dos dedos de frente se le ocurre irse a meter allá en este momento tan complicado?” Esto fue lo que vi; sin cifras macroeconómicas pero con el alma.

Venía en un avión grande de Panamá. Uno de esos que tienen dos filas de tres puestos cada una. Sin decirles mentiras el avión no traía más de 15 personas. Por eso mismo la migración fue muy rápida, nada de colas mientras veía el mural de Hugo Chávez en la entrada del Aeropuerto de Maiquetía. Supuse que muchos no vienen a Venezuela por las mismas razones que me dieron a mí: crisis económica e inseguridad. Pero ni los mismos venezolanos vienen a Venezuela. Apenas llegando empecé a sentir lo que quiere decir que los venezolanos quieran salir pero no volver a su país.

Mi novio me recibió en el aeropuerto con una sonrisa de oreja a oreja, me iba a mostrar su Venezuela del alma, y sin embargo los detalles de su triste mirada empezaron a aflorar desde ese momento. Presencié cosas a primera vista banales, como que tuvo que pagarle al taxista con un fajo de billetes digno de un narcotraficante. Le pregunté asustada cuando había valido el taxi, y me aterré cuando me dijo que había pagado 4500 bolívares (más o menos 4.5 dólares): Pagó cuarenta y cinco billetes de 100, que es el billete de más alta denominación. Cargar billetes en la cartera se volvió impensable, tanto que muchos establecimientos tenían básculas para pesarlos. Entendí por fin lo que significaba la hiperinflación por fuera de los libros.

Un día quisimos salir a bailar, porque en Venezuela como en Colombia, mover el cuerpo al ritmo de la música es una de esas maneras con la que nos enfrentamos a las angustias más profundas. La primera reacción de toda su familia es que era muy peligroso salir de noche. Lo mejor era quedarnos en la casa: “al hijo de perencejo le habían hecho secuestro express, y al hermano de sultanita lo habían encañonado”. No les hicimos caso y salimos. Éramos cuatro personas y ninguna tenía dinero en efectivo, así que fuimos a buscar cajeros. De cuatro cajeros que visitamos sólo uno nos dio seis billetes de cien, que no alcanzan ni siquiera para un jugo, mucho menos para pagar los taxis y la entrada a la rumba. Tuvimos que cancelar el plan.

Mi novio cumplió 30 años y quisimos hacerle una comida especial. Se nos ocurrió hacer un risotto de champiñones, algo que no parece demasiado complicado en otros contextos. Conseguir los ingredientes se convirtió en una odisea. Estuvimos en tres supermercados. En el primero vimos una larga fila de gente muy variada, preguntamos y nos dijeron que estaban a la espera de harina pan desde el día anterior. En el segundo supermercado una crema de leche valía más de 6000 bolívares (aproximadamente seis dólares). Para que se hagan una idea, el salario diario de una trabajadora doméstica es de dos mil quinientos bolívares, así que con tres días de trabajo apenas le habría alcanzado para una crema de leche. En el tercer supermercado, ubicado en una bodega gigante, sólo había estantes repletos de jugo de uva, desinfectante y pañitos húmedos. Nada que sirviera para el risotto.

Desde el taxista, hasta el señor de la fila del aeropuerto, pasando por todos los amigos y la familia de mi novio se veían muy desilusionados. Una de esas desesperanzas que carcome; que he respirado yo como colombiana en un país que ha estado en medio de la guerra por mucho tiempo, y en el que las migraciones masivas por razones económicas o por la misma violencia, han sido pan de cada día.

Dos cosas me calentaron el corazón. La primera fue que gran parte de mi viaje nos sentamos a la mesa con las trabajadoras domésticas, y no tuvimos ningún problema en comer y conversar con nuestro guía y los indígenas Pemones que nos acompañaban en un paseo a la paradisiaca Roraima. Eso no lo veo comúnmente en muchos espacios en Colombia, y me alegró que en medio de la desesperanza existía la solidaridad. Personas tratándose como seres humanos más allá de su clase social.

La segunda fue el grado de pasión de la gente joven con la que me encontré, aun en medio de muchas desilusiones. Nada de ínfulas de mandar en el país porque eres hijo o nieto de expresidente o político. Mucha humildad, y ganas de reconstruir el país con las propias manos. Ganas de marchar las veces que haga falta. No vi indiferencia en sus ojos. Una indiferencia que me duele en el corazón y que todavía veo en ciertos jóvenes de mi querida Colombia. Tampoco vi grandes egos, sino gente que está ahí “echándoles bolas” –como ellos dicen-, buscando una salida para que tanto los pobres como los ricos tengan al menos harina pan para hacer las arepas.

Esa es la Venezuela que yo vi de la mano de mi amor. Parcial o no, mi visión me dejó muchos aprendizajes sobre el valor de los venezolanos de a pie, su solidaridad, su compromiso y la tenacidad con la que siguen enfrentando la situación. Pero sobretodo pude entender como conviven el profundo dolor de patria de una sociedad desmembrada con la persistente esperanza de un pueblo que cree en el cambio y está dispuesto a poner su propio cuerpo para alcanzarlo.

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