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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

"Y USTED ¿DE DÓNDE SALIÓ TAN REVOLUCIONARIA?"


Estuve en la ciudad en la que crecí estas vacaciones, visitando familia y amigos que veo muy poco. Una de esas tardes, sentada en la sala de la casa de una tía con la que comparto muy pocas visiones de la vida, empezamos a hablar de política. Yo le estaba explicando por que para mí es hora de que dejemos únicamente de culpar a los políticos de todo lo malo o confiar en ellos como si fueran dioses. Que deberíamos empezar a asumir más responsabilidad sobre nuestro rol como ciudadanos, en vez de caer en esas dicotomías sin sentido que nos alejan de toda posibilidad de actuar. Ella, de la nada, entre asombro y regaño me preguntó: “Y usted ¿de dónde salió tan revolucionaria?"

Esa pregunta me cayó por sorpresa: ¿Porqué era revolucionario asumir nuestra responsabilidad? ¿Es que acaso no es eso lo que se espera de una ciudadana: pensar por sí misma, exigir, opinar y actuar? Yo he llegado a concluir que antes de exigirle a los demás debemos informarnos y además exigirnos a nosotros mismos ¿Cómo vamos a pedirle a nuestros gobernantes que no sean corruptos cuando en nuestra vida privada nos la pasamos saltándonos la fila, evadiendo impuestos, o pagándole menos de lo justo a nuestra empleada doméstica?

Luego me pareció que la pregunta de mi tía no era tan absurda. De hecho, no ser “revolucionaria”, es decir, seguir dividiendo a políticos entre buenos y malos sin ver matices, criticando algunos a diestra y siniestra, mientras a otros los idolatramos como si tuvieran la verdad revelada, es lo que nos han enseñado a hacer. Definitivamente, no tragar entero es el camino difícil. Quedarse calladito, sin protestar, pero sobretodo sin evaluar nuestro papel en todo eso que criticamos y seguimos como ovejas, parece ser el camino más fácil.

Yo crecí en un entorno en el que me enseñaron que los valores más importantes eran la lealtad y el sometimiento a lo que dijera la autoridad, por encima de la honestidad y el pensamiento crítico. Una sociedad en la que uno “no patea la lonchera”: se oye y se sigue una orden sin rechistar, aunque no entendamos de dónde viene. Una sociedad en la que los políticos siempre son los corruptos del paseo, y la culpa de todo la tiene “el otro”, porque nosotros somos “perfectos”. Una sociedad en la que contrastar, preguntar, opinar y protestar es de “revolucionarios”, mientras pedir perdón luego de reflexionar y no actuar “como el avispado” que se salta la fila es de débiles y pendejos.

En ese mundo en el que yo crecí no me enseñaron a leer noticias críticamente. A comparar diferentes fuentes para tratar de formar mi propio criterio. Me enseñaron simplemente que había personas dentro de la familia y en la sociedad a las que había que creerles sin preguntar, porque “eran de las buenas”. Y fue mucho lo que tuve que leer por mi propia cuenta para dejar de creer que quienes se habían salido del M-19 y se habían lanzado al Congreso, seguían siendo guerrilleros; o que los paramilitares habían salvado el país, como me enseñaron cuando chiquita. Fue mucho lo que tuve que sufrir para no seguir creyendo que tenía que ser leal a quienes me maltrataban o maltrataban a los demás.

Tuve que empezar a aprender de ceros, por mis propios medios, que no hay que tragar entero. Que a los familiares y políticos favoritos en lugar de simplemente seguirlos por lealtad, debemos exigirles honestidad. Que para poder criticar a los demás por robar y ser corruptos, primero tenemos que empezar a no pasarnos el semáforo en rojo. Que no existen personas perfectas ni que hay que idealizar a nadie, y que todos tenemos derecho a equivocarnos, pero también la responsabilidad de pedir perdón. Que la democracia es más que depositar un voto en una urna cada cuatro años, y que se hace en el día a día. Que ser ciudadano es un trabajo que requiere esfuerzo, dedicación, pero sobretodo una visión crítica de nosotros mismos y de quienes nos rodean.

Me cansé de ser un borrego que seguía a la manada. Puede que sea difícil y como dice mi tía, hasta “revolucionario”, pero ahora trato de vivir como pienso. Eso implica vivir más desde la solidaridad, desde el respeto, desde el amor y la igualdad, y menos desde el seguimiento ciego de autoridades y dogmas que nos dividen y nos someten, sin poder dar un paso atrás para simplemente pensar.

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