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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

A MÍ ABUELITO...

Mi abuelito cumplió 96 años el 14 de marzo y hoy todos los miembros de su familia celebramos su cumpleaños. Y es que esta no es una celebración cualquiera, porque ese abuelo que me tocó a mí, no es, ni mucho menos, un hombre cualquiera. Hay muchos que lo han llamado un loco, un soñador, y hasta un “Hacedor de imposibles” como se titula un libro que sacaron en su honor hace un par de años.

Porque mi abuelo ha sido de todo: alcalde varias veces, representante a la cámara, ingeniero civil, planeador regional y urbano de la ciudad de Manizales. Mucho de su legado sigue en pie: fue uno de los fundadores de la Feria de Manizales, construyó la plaza de toros, su tesis de grado de Ingeniería fue la Avenida 12 de Octubre en “Chipre” de la que se pueden ver cinco departamentos, proyectó el aeropuerto de Palestina y el Puerto de Tribugá, hizo parte de la construcción de la autopista Bogotá-Medellín, mantuvo las torres de la catedral en pie luego de uno de los terremotos, entre muchas otras obras que seguimos disfrutando.

Pero hoy mi celebración no es por el gran hombre público que ha sido mi abuelo, sino por el ser humano de 96 años que con su vida y energía nos ha enseñado a mí, a sus hijos, y a muchos de mis primos y los hijos de ellos lo que significa la alegría de vivir. Nadie como él me ha enseñado que en cada comida hay una fuente de celebración porque a su lado he aprendido que cada tinto “es el más delicioso de la vida”, que cada conversación puede ser la más interesante, y que tanto del ordeñador de la finca como del Presidente de la República hay algo que aprender.

Nunca he visto a mi abuelo tratar mal a un subordinado, ni humillar a una de sus empleadas. Y en cambio sí lo he oído reír con cada una de sus historias, admirar la belleza de todas las mujeres y tener una palabra bonita para cada una de las personas que visita su casa o su finca. Para él, ser un anfitrión es un placer y un honor. Recuerdo el día en que llevé a mi amiga turca al “Corozo”, y sin entender una palabra, la recibió con esa sonrisa que se le nota en la boca pero sobretodo en los ojos iluminados por la alegría. Él mismo fue a recogerle guayabas de uno de los árboles de su jardín.

Mi abuelo es ese ser humano que se despierta cada mañana con ganas de caminar kilómetros, bajar al lago, mostrar la maqueta del aeropuerto y dar cátedra de lo que se le atraviese. Ese que se toma sus aguardientes y sienta a todos, como lo hizo hace un año cuando lo invité a celebrar mis 30. Aquel que quiere raspar lo que queda en la mesa. Ese que le pregunta a mi hermano que cuándo va a ir a Manizales para que le cocine de nuevo. Ese abuelo que cuando le contaron que me iba a meter en una jaula con tiburones fue el único de mi familia que dijo que él haría lo mismo. Mi abuelo es el que se sabía el ranking de las universidades como si lo hubiera estudiado conmigo y que se alegra de corazón con nuestros triunfos y hazañas.

Mi abuelo es ese que nunca habla mal de nadie, excepto del general Santander, por ser el hombre de las leyes. El que recibe con la misma calidez a su sobrino comunista y a su yerno del Centro Democrático. Es el abuelo que nunca he visto deprimido ni criticando la vida, porque cómo él nos ha enseñado mejor que cualquiera, estos 96 años han sido un verdadero regalo. Es el abuelo en quien pienso cuando todo se torna oscuro y sin salida, acordándome que estamos en este mundo para disfrutar cada segundo de todo lo que tenemos en frente.

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