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Porque Mujeres Sí Hay #MUJERESSIHAY


Crecí rodeada de profesores. Desde mi tía Liliana que cada día me contaba cómo le había ido con sus estudiantes en el colegio de la Enea, pasando por mi papá que daba clases de matemáticas y de ping pong, por mi abuelo Julio que crió una familia de diez a punta de dar clases, y por mi tío abuelo Julio profesor de Ingeniería desde que la Universidad Nacional empezó en Manizales. Tal vez con tanta herencia no parezca descabellado que siempre me haya encantado enseñar, a tal punto que a los 10 años le pedí a mi mamá que me pusiera un tablero en el cuarto de juegos para enseñarle a sumar a mi hermanito y mi primito Andrés, como la más ñoña del mundo.

Pero de haber nacido en esa cuna de profesores hasta el momento en el que decidí estudiar un doctorado para seguir una carrera académica, pasó mucha agua debajo del puente. Varios de quienes me rodean piensan que ser profesor es un fracaso, un desperdicio, una ocupación de segunda. Recuerdo con claridad el día que en una comida de amigos una de las invitadas me preguntó por qué me iba a hacer un doctorado y cuando le respondí que quería hacerlo para ser profesora me miró con burla y me dijo sarcásticamente “pues que bueno que lo tengas tan claro”. Para ella, como para muchos otros, dedicar tu vida a enseñar, compartir con estudiantes con ideas frescas e ilusiones, formar seres humanos y profesionales, y no parar de aprender, parecía mediocre e insignificante.

Tal vez por esas ideas soterradas me demoré en tomar la decisión. Mi primer trabajo cuando me gradué no fue como profesora, sino en una firma de abogados. Entré a trabajar allí porque era lo que se esperaba de mí, lo que mis amigos hacían y lo que me iba a dar prestigio y dinero. Insegura de mi verdadera vocación pasé varios meses presa de sentimientos encontrados, acorralada en un mundo que no era para mí pero tratando de llenar expectativas ajenas. En ese tiempo, para no desconectarme completamente de la academia me metí a un diplomado en feminismo que dictaban en la Javeriana. Mi momento favorito de la semana era aquel en el que podía sentarme a leer los papers y a crear ideas sobre mundos posibles.

Recuerdo que en medio de la confusión me acerqué a una de mis más importantes mentoras, mi profesora Isabel Cristina Jaramillo. Le conté mis preocupaciones, mis angustias y la difícil decisión a la que me enfrentaba: ¿Qué tal que no pudiera vivir de ser profesora? ¿Qué tal que no tuviera el prestigio que anhelaba? ¿Qué iban a decir mis amigos abogados, mi familia, y los demás? Me transmitió la fortaleza de quien se dedica a lo que le llena el alma y el corazón.

Isabel me habló de su carrera, de sus investigaciones y de sus metas. Fue ella una de las que me apoyaron para dar el salto hacia la academia. A su lado, como coordinadora de la Maestría en Derecho cuando ella la dirigía, como coordinadora del Grupo de Derecho y Género, y como su profesora asistente de derecho de familia, empecé a conectarme con una de mis vocaciones. Pude ver en su mirada la emoción que le producen las intervenciones sorpresivas de los estudiantes, las discusiones en un salón de clase, y las ideas que fluyen para empezar un nuevo artículo académico. Esos artículos sobre derecho de familia, derecho constitucional, embarazo adolescente, acoso sexual, educación legal, entre muchos otros, que van más allá de una hoja de papel y que pretenden convertirse en herramientas para mejorar la vida de personas de carne y hueso.

Fue ella también quien me dirigió mi tesis de Maestría, guiándome hacia nuevos autores, ayudándome a ponderar y a salirme de las discusiones en blanco y negro. Fue Isabel quién me permitió entender su proceso de pensamiento pero siempre dejándome pensar por mí misma. Fue quien me apoyó en todos los niveles cuando decidí hacer mi doctorado, quien siempre creyó en mí a pesar de que muchos no lo hicieran, y quien me enseñó que mi trabajo valía y que un profesor nunca debe tomar el trabajo de los estudiantes como propio.

Hoy Isabel está en la terna para la Corte Constitucional. Yo no tengo sino palabras bonitas para apoyar su candidatura. Sé de primera mano sobre sus calidades académicas, su inteligencia, pero sobretodo su honestidad y su sentido ético. Nadie como ella está preparada para asumir uno de los roles más decisivos en el contexto de nuestro país, porque más que una profesora, Isabel es un ser humano que entiende al otro como un igual y que se solidariza con aquellos que buscan ejercer sus derechos fundamentales. Por eso y mucho más es que nos tenemos que acordar que #MUJERESSIHAY.

Síganla en twitter: @ijaramil #IsabelMagistradaCC

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