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A falta de una, tres mamás


Esta semana, justo antes del día de las madres, se cayó en Colombia el referendo para prohibir la adopción de niños por parte de parejas del mismo sexo y personas solteras. Sentí una tranquilidad enorme, pude volver a respirar. Pese a que personas como Virginia Gutiérrez de Pineda (sí, la que aparece en el nuevo billete de 10,000) han escrito sobre la diversidad de familias en Colombia, en pleno siglo XXI mucho se sigue discutiendo sobre qué es una familia, quiénes deben cuidar y educar a los hijos, qué y a quién debe proteger el Estado.

Hoy celebramos el día de las madres, y en desacuerdo con la frase de un personaje de Fernando Vallejo: “Madre no hay sino una, papá puede ser cualquier hp”, yo celebro el día no de una sino de tres mamás. He sido suficientemente afortunada de estar inmersa en el amor de tres mujeres maravillosas, lejos de crecer dentro de la limitada familia nuclear de mamá, papá e hijos que defiende la senadora Vivian Morales en el fallido referendo.

Tengo una mamá biológica que me cargó 9 meses en su vientre y me parió en el que ella llama el “día más feliz de su vida”. Mujer hermosa, de ojos azules como el mar que tanto disfruta. La persona que como dice mi hermano, es el ser más dulce y tierno del mundo. Aquella que me ha enseñado que “es más importante llegar a ser que haber nacido”. Esa que busca la integridad, el crecimiento interior, la bondad infinita. Esa que se despertó noches eternas a cuidarnos a mi hermano y a mí cuando estábamos enfermos, que nos llevo al médico, nos compró las cartulinas para el colegio, recogió nuestras calificaciones, y repartió amiguitas a sus casas cual bus escolar, asegurándose de que siempre estuvieran bien.

Mi segunda mamá es mi tía Liliana. La loca académica de quien saqué el gusto perpetuo por la lectura, por el aprendizaje, por la filosofía, por la fotografía, por la antropología y por los libros que tenían más letras que dibujos. Esa tía que sentí que perdía el día que se iba a casar, y para retenerla a mi lado hice pataleta diciendo que no iría a su matrimonio. Esa tía a la que me le pasaba a la casa a las 6 am, sin dejarla dormir como tanto le gusta, para que me prestara disfraces, coloretes y pulseras. La que nunca se ha preocupado por el “qué dirán”, porque ella decide cómo y con quién vivir su vida. La que me impulsó a convertirme en profesora, la vocación profunda que mueve mi corazón.

Mi tercera mamá es Rosi. Una señora que llegó a mi vida cuando yo tenía dos meses y me zambulló en la cocina llena del color verde del cilantro, el blanco de la crema de leche y el azúcar infinita, y el amarillo de la mantequilla y el maíz. Una mujer que se encargó de regañarme cuando no me tomaba la sopa completa incluyendo los platanitos. Que todos los días me preguntaba qué hacer de almuerzo y a quien sin falta le respondía que Ajiaco, mi sopa favorita. Que jugaba tienda conmigo dejándome sacar cuanta olla escondía en sus misteriosas alacenas. Que me llamaba gordita y lo sigue haciendo. Y a quien cada vez que visito se le aguan los ojos de la emoción de verme.

Yo soy una de esas personas bendecidas por el amor. No tengo una sino tres mamás que se desviven por mí y a quienes celebro no sólo hoy sino todos los días. Que me cuidan, me apapachan y me acompañan desde la distancia. No creo que haya un solo tipo de familia, ni que deba haberlo. Lo que sí creo es que afortunados somos quienes como yo nunca hemos carecido del amor y del cuidado de quienes han tenido la generosidad de dárnoslo. Me encantaría que todos los niños pudieran tener esa bendición que he tenido yo, sin importar el individuo que personifique el tan necesitado amor.

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