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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

“Es que ahora las empleadas ganan más que las secretarias”

Entré a una consulta médica en Medellín, sin intenciones de hablar de nada diferente a mi salud. Pero por alguna razón, justo antes de despedirme, el médico me preguntó por mi trabajo. Cuando le respondí que hago investigación sobre trabajo doméstico me miró un poco desorientado. Pude ver en sus ojos un reclamo. Empezó a contarme que ahora tiene que pagarle a su empleada el mínimo, pero además le tiene que dar almuerzo y luego soltó la siguiente perla con mucho resentimiento: “Es que ahora las empleadas ganan más que las secretarias.”

Salí desubicada de la consulta, con una rabia que me oprimía el centro del pecho. Y luego me dediqué a pensar por qué un comentario a simple vista inofensivo me causa tanta rabia. Primero, me aterra que este comentario haya venido de un médico. Siempre he creído que los médicos son y deben ser las personas más humanas de todas. Son ellos quienes se enfrentan a nosotros cuando estamos en estados de gran vulnerabilidad. Quienes tienen que ver a una madre llorando por su hijo enfermo, o a un adulto que siente que la vida se le acaba.

Aunque conozco muchísimos médicos que realmente ven la vulnerabilidad en los demás y tienen una vocación preciosa de ayudar y de sanar sin mirar a quien, parece iluso pensar que todos son así. Tengo una amiga a la que le han diagnosticado cáncer de ovarios, daño renal irreversible y otras enfermedades parecidas para luego decir que fue un error sin siquiera considerar su sufrimiento.

Es larga la lista de abusos ginecológicos que he estado leyendo desde que trabajo en derechos reproductivos. Una familiar me contó que un médico le dijo que si tenía un hijo a los treinta ya no iba a ser madre sino abuela. Conozco mujeres a las que un médico en la sala de partos les dijo que dejaran de gritar por las contracciones, que aguantaran así como habían disfrutado tanto que “se las comieran”. También sé de médicos que no tienen compasión para hacer legrados sin anestesia, y que incluso han dejado a mujeres pariendo en el corredor de un hospital.

Pensar que los médicos son seres humanizantes, empáticos y compasivos es un ideal pero no un hecho generalizable. Tal vez por eso, mi ideal de que este médico que me atendió, entendiera la vulnerabilidad de las empleadas domésticas, fue simplemente inocente. ¿Por qué habría un hombre que recibe 120,000 pesos por consulta y tiene una lista larga de pacientes; que se jacta de tener un Camaro de 200 millones de pesos; y que dice que la raza antioqueña es superior y que Medellín debería cerrarse a los migrantes, ponerse en los zapatos de la persona que le plancha las camisas y le sirve su comida todos los días?

El comentario de este sujeto es relevante porque no sólo se lo he oído a él, sino a muchos que ahora se quejan porque el trabajo doméstico se ha vuelto más caro. Es un comentario que desconoce que solamente en Colombia hay un millón de trabajadoras domésticas, que no sólo contribuyen a la subsistencia de sus propias familias; sino a la de todas las personas para las que trabajan. La mayoría de estas trabajadoras no reciben siquiera el salario mínimo, y están lejos de ganar lo mismo que una secretaria.

En promedio, 7 millones de personas en nuestro país se benefician directamente del trabajo doméstico. Para que vean este beneficio directo, imaginen cómo harían ustedes para salir todos los días a trabajar, con quién dejarían sus hijos, quién les limpiaría la casa y les lavaría la ropa para no salir como mamarrachos a la calle, si no existieran estas mujeres ¿Por qué suena tan absurdo darle valor a un trabajo que diariamente nos permite salir a generar el dinero que por ejemplo a este médico le deja comprarse ese Camaro que tanto disfruta?

Además, quien haya hecho trabajo doméstico sabe lo duro que es lavar un baño, barrer una casa, cuidar unos niños o unos ancianos, para que al otro día la casa esté igual de desordenada. Ahora en EEUU, donde vivo, he tenido que hacer mucho de este trabajo y he sentido en carne propia el desgaste.

Muchas de las trabajadoras domésticas trabajan más de la jornada de 8 horas. La gran mayoría nunca ha recibido el pago de horas extras. En ciudades como Bogotá o Medellín, su jornada no empieza cuando llegan a la casa donde trabajan, sino 3 o 4 horas antes cuando se tienen que levantar a dejar listo todo el oficio de su propia casa, y luego salir a montarse en un bus durante horas para cruzar la ciudad de cabo a rabo. A ese tiempo tendríamos que sumarle el tiempo que se demorarían haciendo su propio almuerzo, como parece sugerir el médico. Porque imaginar que una mujer de estas puede pagar los precios de un almuerzo en una zona estrato 4, 5 o 6 de la ciudad donde generalmente trabaja, es absurdo.

Se nos llena la boca diciendo lo buenos que somos, todo lo que ayudamos al prójimo y el empleo que generamos, pero cuando se trata de esa mujer que está en nuestra intimidad y que nos ayuda con lo más básico, para muchos la plata se vuelve un problema. Parece que es más fácil “chicanear” con el nuevo Camaro, la acción del club, o el viaje a Europa, que ponernos en los zapatos del eslabón más vulnerable de la cadena. Yo le apostaría a que en lugar de exhibir el último celular, nos aseguráramos de reconocer primero el trabajo doméstico y a las personas que lo realizan, tanto en términos económicos como sociales. Ojalá un día sea más meritorio “chicanear” por lo bien que tratamos a nuestra trabajadora doméstica que por el carro que nos acabamos de comprar.

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