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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

Pintando mi vida de colores

Crecí con un ánimo de perfección que rayaba en la obsesión, incluso en temas como el

arte, que muchos dejaban fluir libremente. Cuando era chiquita quería que la profesora me diera la carita feliz por no salirme de la raya mientras coloreaba una casita con chimenea. Odiaba bailar porque bailaba mal y lo sabía. Mis compañeras me lo hacían saber dejándome en la parte de atrás cuando nos presentábamos en grupo frente al colegio. Tenía miedo de bailar en pareja, de perder el ritmo. Un miedo que me guardaba para mi sola sin confesarlo a nadie ¿Qué pasaría si se dieran cuenta que no era perfecta, que cometía errores, que sentía y pensaba diferente? Mejor abstenerme de hacer todo aquello en lo que no fuera perfecta, mejor guardar mis fallas para mi sola.

Viví por mucho años en blanco y negro, entre perfección aparente e imperfección soterrada. Con miedo a las críticas malintencionadas de los demás, pero sobretodo a las mías propias. He tenido que batallar contra la obsesión por la perfección, obligándome a soltar, entendiendo que no puedo controlar todo lo que soy ni lo que los demás piensan de mí. En esta dura batalla, he encontrado en el arte la posibilidad de ser radicalmente vulnerable. De ser yo sin más ni más, llena de colores y manchas insospechadas, gústele a quien le guste. Viendo en los demás lo que ellos son, sin máscaras ni espejos.

Hoy, me siento en la mesa del comedor, saco la caja de colores Prismacolor que me regaló mi mamá hace diez años y coloreo durante horas mi libro de ciudades. Uso el café oscuro, el amarillo mostaza, el rosado fosforescente y el verde pasto. Lo hago sola o acompañada con Stephi y Beatriz, conversando, en silencio u oyendo un podcast. No me preocupo porque los colores no combinen, ni por salirme de la raya, no pienso cuánto me estoy demorando, cuánto me falta por acabar, ni si me está quedando realista, futurista o mal combinado. Cuando termino me siento como una niña de cinco años, satisfecha porque salió de mis manos y mis ojos curiosos.

Así también me siento cuando bailo. Muevo mis brazos de forma descoordinada porque no se hacerlo de otra manera. Oigo el ritmo de la música que se mete en mi cuerpo, me pongo cachucha reggaetonera con Mariana, y me miro en el espejo soltando una estruendosa carcajada. Me rio de mi descoordine y no intento que sea de otra forma. Disfruto cada movida, la que sale a la par del resto del grupo y la que sale para el otro lado. Canto las canciones que me sé con María, pero generalmente canto las que no me sé. Los que me conocen como Moncho, saben que la mayoría del tiempo me pongo de creativa a componer lo que me rime. No me interesa ser una bailarina ni una cantante famosa, no espero perfección, lo hago para simplemente ser.

Bailando, pintando, cantando, y oyendo poemas que por mucho tiempo no quise entender, sin punto fijo ni meta clara, he podido disfrutar cada pincelada, cada paso en la dirección incorrecta. Ahí no comparo mi dibujo con el de nadie más, ni me fijo si tengo o no el cuerpo de una bailarina. Soy yo, simplemente, con mi descoordine, mi creatividad, mis colores y combinaciones. No espero alabanzas, validaciones, ni que me digan que mi dibujo es el más lindo del mundo. No espero perfección ni prestigio. Espero poder expresar, sacar, exorcizar, como lo hicieron las mujeres de los Montes de María tras desplazamientos y masacres, y como lo hacen las trabajadoras domésticas de UTRASD cada vez que se reúnen, y entre seriedad y aprendizaje sacan tiempo para bailar al ritmo de sus voces.

El arte no es solo el que está colgado de las paredes de museos. Está dentro de todos y en muchas de las cosas que nos rodean. Tal y como lo siento hoy en mi vida, me ha dejado ser vulnerable, y en esa vulnerabilidad por fin he dejado de sentirme sola. Riéndome de mi propia imperfección me he abierto a conectarme con la imperfección de los demás, con sus ansiedades pero también con sus disfrutes. He abierto mis sentimientos, mis emociones cambiantes y explosivas, mis gustos y mis errores, para que los demás los vean, soltando la fachada de una vida sin equivocaciones para quedarme con una repleta de colores.

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