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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

TODOS CAGAMOS

Ya sea la reina Isabel o el habitante de la calle, todos hacemos popó y pipí. Más allá de que unos coman caviar y otros bandeja paisa, que unos entren a baños enchapados en oro y otros hagan popó en un hueco en el piso, al final sólo nos queda la mierda. Pese a que tratamos de ocultarlo prendiendo un fósforo, vaciando el inodoro, o usando un ambientador de cualquier tipo, la realidad sigue siendo la misma: cagamos, todos cagamos, todos los días. Es ahí donde realmente somos iguales, y es tal vez esa la razón por la que el baño es un territorio en disputa.

Aunque todos caguemos, el baño se convierte en un símbolo de ese sistema de diferenciación que las sociedades pretenden imponer. Hace unos meses me contaban que en la India empezaron a encontrar caca en la terraza de unos edificios. Investigando se dieron cuenta de que los patrones no dejaban a las trabajadoras domésticas usar los baños de las casas, entonces ellas no tenían otro remedio que ir a la terraza a hacer lo que todos hacemos: cagar.

En la película The Help, el baño era este lugar afuera de la casa al que las mujeres negras trabajadoras domésticas del Sur de Estados Unidos tenían que acudir porque no había un lugar para ellas dentro de las casas de sus patrones. Pero esto no es solo en Estados Unidos, en Colombia, históricamente las empleadas han tenido un baño diferente al de sus jefes, uno más chiquito y menos cómodo, tal vez incluso en mal estado, no vaya a ser que se les confunda la mierda. Y aunque esto ha ido cambiando con los precios de los apartamentos que ya no dan para tener cuarto y baño de la empleada, no me canso de oír personas alarmadas porque “¡imagínate que ahora la sirvienta usa mi baño!”

Los baños también han servido para separar a los hombres de las mujeres. Que porque unos orinan parados y otras sentadas, que porque supuestamente unos “son sucios” y otras “lo son menos”, que porque “las buenas mujeres no cagan, no hablan de popó, ni se tiran pedos”, que porque es peligroso que se junten los sexos. No voy a decir que sea una discusión fácil, pero me pregunto por ejemplo en medio de esa clara segregación: ¿Separar qué de qué? ¿Hombres violadores de mujeres violadas? ¿Hombres “sucios” de mujeres “limpias”? Si el fin es proteger a unas de otros ¿no será mejor que todos aprendamos a respetar, a no acosar, a no violar, a no manosear, a no aprovecharnos del otro? ¿No será mejor educarnos para que todos mantengamos limpios los baños que compartimos?

Así como los baños han servido para separar, esos mismos baños han sido lugares de una lucha descarnada. Tengo una amiga que es activista por los derechos de las personas transgénero y logró que pusieran un baño neutro en el edificio de la OEA en Washington D.C. Conozco a varios que han logrado baños para familias en aeropuertos y centros comerciales para que no sean solo las madres las que puedan (y tengan que) cambiar a sus niños, sino que también lo hagan los padres.

Tal vez es en el baño donde todos somos iguales, y tal vez porque no queremos serlo nos gusta que quede clara la diferencia. Es en esos baños donde nos separamos del que es de otra clase social, de nuestro empleado, de nuestra trabajadora doméstica, de un hombre o de una mujer, de alguien negro o judío. Tenemos un miedo profundo basado en estereotipos que no acaban: ¿Qué tal que se nos pegue una enfermedad? ¿Qué tal que nos violen? ¿Qué tal untarse de negro, de pobre, o de sucio? Nos sigue costando entender que al final todos somos seres humanos que cagamos.

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