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BRAVA..BRAVÍSIMA

(Originalmente publicado en la REVISTA FRONTERA)

Hace poquito, mientras almorzaba, una amiga italiana me dijo con cierta admiración que yo era muy brava por trabajar en derechos de las mujeres. Me quedé pensando un rato lo que quería decir pero descarté que estuviera hablando de rabia o furia. Asumí que era mucho más cercano a la palabra “brave” en inglés. Para ella “brava” es lo que nosotros llamaríamos eficiente, capaz, buena o incluso valiente. Mil pensamientos y recuerdos llegaron a mi cabeza que resumo en esta pregunta: ¿Por qué en otros idiomas la palabra “brava” es una cualidad y en cambio yo crecí con la idea de que era un defecto?

Tuve una abuela a la cual nunca conocí porque murió de cáncer cuando mi mamá era muy joven. Lo único que supe de ella por mucho tiempo es que había sido una mujer “muy brava”, y no exactamente en el sentido que los italianos le dan a la palabra. Se separó de su esposo cuando nadie lo hacía y cuando el divorcio ni siquiera era legal, en una sociedad ultraconservadora y católica. Nunca dejó que su esposo manejara sus propiedades como las demás mujeres de la época. Mi mamá dice que “mataba un perro de un regaño” y mi tía dice que su método anticonceptivo era la pelea.

Un día, por casualidad, descubrí varios libros de yoga y espiritualidad oriental en la biblioteca de mi casa. Por esa época yo ya me interesaba por visiones alternativas del mundo. Fascinada, le pregunté a mi mamá de dónde habían salido esos libros y ella me dijo que eran de mi abuela. Esa abuela brava que muchos criticaban, se transformó en mi cabeza en un ser enigmático y empecé a averiguar.

Me di cuenta que mi abuela era una mujer con carácter, que viajaba sola, que pese a tener sólo el bachillerato se encargaba de sus inversiones, que era hermosa, inteligente, que no toleraba las dobles morales y yo la llamaría “feminista”: les preguntaba a las mujeres con siete hijos que trabajaban con ella en la finca si querían tener más hijos. Muchas decían que no, pero que su marido decía que tenían que tener “los que Dios les mandara”. Ella les daba la opción de esterilizarse a escondidas de sus maridos. Detrás de estas y otras cientos de historias encontré una de mis heroínas.

A mí, como a mi abuela, toda la vida me han dicho que soy muy brava. Cuando era chiquita mi papá me decía que yo “no era sino mimada y grosera”, que siempre quería llevar la contraría, y mi mamá me decía: “Valentina, la gente se cansa cuando uno es tan bravo”. Yo era brava porque no estaba de acuerdo, porque decía lo que me parecía, porque no aceptaba un “no” por respuesta sino que quería una justificación razonable, porque buscaba justicia. Mientras crecía, recuerdo que la mayoría de las veces que lloraba lo hacía por rabia. Me sentía frustrada frente a un mundo que no comprendía y en el que definitivamente no encajaba, pero sobretodo un mundo que quería encarcelar mi espíritu libre.

Para ser justa, debo reconocer que ser brava también me abrió muchas puertas. Mi papá dice, con cierta admiración, que nunca se ha preocupado por mí porque “yo caigo parada”. Siempre participé y opiné, y eso me trajo el reconocimiento de mis profesores y compañeros, para bien y para mal. En algún sentido, esa valentía a la que se refieren los italianos fue lo que saqué de mi abuela, y que afortunadamente nunca logré apagar.

Creo que en el universo en el que crecí, algunos consideran que ser brava, especialmente si eres una mujer, es un defecto grave porque significa ir contra la corriente. Tener carácter en una sociedad que muchas veces valora que las mujeres sean sólo caras bonitas y cuerpos sexys y en el que los hombres han sido por años los que piensan y opinan, puede convertirse en una amenaza. Detrás del juicio a las mujeres bravas están frases tan fuertes como “calladita se ve más bonita” , o “es que eres una feminazi” . Detrás de la caracterización de ser brava como un defecto, está el deseo de limitar a las mujeres de tener criterio y expresarlo, sobretodo cuando esto implica llevar la contraria frente a lo que nos han enseñado.

En esa encrucijada entre lo que sentía y lo que el mundo me decía que estaba mal, me he pasado la vida tratando de no ponerme brava. Hoy todavía me esfuerzo por apagar ese volcán que explota y me sale del pecho, y de tener paciencia. La verdad es que aunque sonreír me viene fácil, no lo logro siempre. Sí, soy una mujer brava –no por ello irrespetuosa-, pero cada vez más le veo el lado positivo más allá de lo que por mucho tiempo trataron de enseñarme.

Quiero seguir siendo brava si eso significa ser valiente, si significa tener el coraje de luchar por lo que creo justo, con palabras y con argumentos. Quiero seguir siendo brava si mi indignación nos mueve a pensar diferente, a entender que una persona, más allá de “las cajitas”, es un ser humano. Quiero seguir siendo brava si con ello voy contra una corriente que nos arrastra a quedarnos anclados a nuestros propios estereotipos. Y quiero seguir siendo brava como esa abuela que con su espíritu indomable, aún después de muerta, me enseñó la libertad que trae pensar y actuar más allá de lo que la sociedad espera de nosotras.

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