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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

"Uno nace solo y muere solo"

En inglés existen dos palabras para lo que en español conocemos como soledad: “loneliness” y “solitude”. He pensado mucho en estas dos palabras porque no son ni de cerca sinónimos, sino más bien dos caras de la misma moneda. Mientras “loneliness” tiene ese significado negativo de soledad que nos enseñaron desde que éramos muy chiquitos, “solitude” es esa soledad positiva, la que oxigena el espíritu y reconforta el alma. En español no he encontrado una palabra que pueda traducir ese maravilloso “solitude”, pero yo le voy a decir la soledad escogida.

Dicen que el lenguaje es el reflejo de la cultura en la que vivimos. Por eso tal vez en la cultura latinoamericana la palabra soledad sólo tiene un significado negativo. Andamos en manada, nos movemos en grupo, tenemos familias extensas que se meten en todo lo que hacemos. Nos dicen que “quien come solo muere solo”. Miramos con pesar a quien va solo a cine, a quien se sienta en un café solo, y hasta buscamos compañía para ir al baño. Nos dicen que hay que tener hijos para que nos acompañen en la vejez, que hay que conseguir marido porque “¿qué tal que nos quedemos solas?”

Yo me pregunto de dónde viene este miedo soterrado a la soledad. Para muchos es cómo si estar solo dijera algo de tus defectos que hacen que otros no quieran estar contigo. Especialmente, ser soltera, como lo criticaba Sandra Borda, “Para nosotras (…) fue la condición que nos tocó porque nadie nos escogió, seguro por feas, por aburridas, por amargadas o por neuróticas.” Estar solo es estar mal, es estar deprimido, ser poco amigable, ser antisocial, o desequilibrado, porque: ¿Quién en sus cabales quisiera estar solo?

Confieso que por años tuve muchísimo miedo de la soledad. Esos mensajes se instalaron en mi vida y me hicieron ser amiga de quienes no me aceptaban, buscar relaciones con hombres que no me valoraban, convertirme en una extraña y hacer cosas que simplemente no quería hacer. Con tal de no quedarme sola en mi casa, salí a emborracharme cuando no quería tomarme un trago, soporté conversaciones absurdas de personas “cool” que en realidad nunca me cayeron bien, y hasta casi me caso sin querer hacerlo.

Porque no nos digamos mentiras, la soledad asusta. Asusta porque nos lleva a lugares oscuros, nos enfrenta a nosotros mismos, nos mueve por espacios en los que tenemos que confrontar nuestros propios fantasmas. Y eso es algo que nuestra cultura no sólo no recomienda sino que ve con malos ojos, con pesar, con lástima.

Pero de repente una frase que para muchos es deprimente me empezó a mostrar la otra cara de la soledad, la soledad escogida. En medio de una tusa, alguien me dijo directamente que uno “nace solo y muere solo”. Esta frase que parecía una condena, resultó una total liberación para mí. Empecé a pensar que en realidad llegamos solos y desnudos a este mundo, y todo lo que tenemos y quienes nos rodean son adicionales. Adiciones que muchas veces son bendiciones pero que pueden no serlo.

Fue ahí cuando empecé a explorar la soledad escogida. Ese espacio en el que puedo ser completamente yo, en el que puedo terminar relaciones con quien sea, o dejar de ir a paseos que no me interesan. Un momento en el que no tengo que justificar ninguna de mis acciones, en el que puedo bailar descoordinadamente sin que nadie me mire, quitarme la ropa sin que nadie me critique y tirarme pedos sin que nadie se tape la nariz. Ese espacio en el que definitivamente me enfrento a mis miedos y demonios pero lo hago a mi ritmo, de acuerdo con mi naturaleza.

Un espacio en el que medito, como lo que me gusta, leo mis libros y descanso del bullicio. Pero sobretodo un espacio que escojo porque no sólo es “mejor sola que mal acompañada” sino que es increíble recargarme en el silencio de mi soledad. Como dice una amiga: “mi momento de mayor felicidad es aquel en el que estoy sola”.

La soledad escogida puede ser a corto o a largo plazo. Puede ser una tarde en la que nos quedemos en la casa haciéndonos una mascarilla y viendo una película que nos fascine. O un espacio en el que decidamos no casarnos ni tener hijos. Es un espacio de nosotros y para nosotros, que tiene toda la validez del mundo, además, porque así lo elegimos aún en contra de una sociedad que nos repite todo el día que la soledad es de perdedores.

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