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El monstruo verde de la envidia

Desde pequeña me vi confrontada con la envidia. Creo que la entendí rápido, cuando mis compañeras no me invitaban a las fiestas y trataban de esconderme para que ellas pudieran estar con los chicos que les gustaban. Cuando respondía en clase y después tenía pocos amigos que me invitaran a pasar el descanso con ellos: nadie quería estar con alguien que le cae bien al profesor. Yo era una vendida, bonita pero peligrosa, y en una palabra la COMPETENCIA.

La envidia verde y persistente hizo del bullying un ejercicio diario. No solo lo veía en mí, sino también en mi mejor amiga: un genio. Alguien tan inteligente que todos querían hacerla llorar, todos querían ver su vulnerabilidad. Y entonces comencé una batalla, una guerra. Grité, respondí y luché contra este juego de la envidia. Fue una guerra que duró años y que tomó mi salud y mi energía, pero sobre todo se apoderó de mi dulzura.

Comencé a pelear por no dejar que los celos y el bullying me apagaran el espíritu y lo logré. Con lágrimas, enfermedad -pues mi cuerpo no podía más- y pocos amigos: lo logré. Durante 15 años le di todo a esta pelea y al final me sentí tan vacía, pero al mismo tiempo me sentí fuerte, invencible.

Salí de este mundo escolar victoriosa, aunque un poco sola. Mi alma estaba intacta. Me di cuenta con el pasar de los años que a pesar de las batallas, encontré ahí a mis mejores amigas y que ellas pasaron por lo mismo. Fueron abusadas emocionalmente y luego debieron luchar sus propias batallas. Cuando compartimos nuestras experiencias, nos dimos cuenta lo profundamente afectadas que habíamos quedado.

Y luego llegué al mundo del trabajo. Cuando comencé, no era una preocupación para nadie. Una mujer joven que hacía bien su trabajo y que hacía ver bien al jefe porque dedicaba horas a entender los problemas que nadie tenía ya tiempo para entender. Me sentí libre, apreciada y como nunca parte de algo.

El tiempo pasó y construí mi pequeño mundo en el trabajo. Gané visibilidad, estatus, importancia. Tenía buenas ideas y mis compañeros se empezaron a preocupar. La guerra estaba declarada. Durante casi 5 años bajé la cabeza, acepté las críticas y solamente respondí cuando fui atacada directamente. Mi trabajo se volvió una ofensa directa a aquellos que querían avanzar y no lo lograban por diferentes motivos. De nuevo era una “outsider”. Mi propio jefe, sintiéndose atacado por mi feminidad y por mis capacidades pasó de “ayudarme” a avanzar, a tratar de destruirme poniendo a su equipo en mi contra y buscando cada error para magnificarlo.

Después de que el monstruo de la envidia ha tocado a mi puerta en varias ocasiones pienso que he tenido mucho que aprender. He aprendido que la envidia viene del miedo, y es una manifestación de la propia debilidad. La sentí yo misma en ocasiones y sé que es una enfermedad: si no es tratada rápidamente y desde la raíz, es difícil de contener.

Aprendí que quienes somos la envidia de otros tenemos que batallar. Hay que buscar redes sociales de apoyo y no aislarse ni apagarse, para no perder ni la energía y ni el norte. Aprendí que la envidia es un reconocimiento de nuestras virtudes, puesto que el miedo se genera simplemente por el hecho de ser una amenaza. Pero sobretodo aprendí que nunca hay que dejar de ser bueno, de darlo todo y ni de permitir los frenos que vienen de las inseguridades de los demás: ese es su problema no el nuestro.

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