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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

CONSEJOS NO PEDIDOS DE UNA VIEJITA MACHISTA


Conozco a una señora hija de su época. Ya está cerca de los 80 años, y se mantiene de punta en blanco, con su colorete rojo, tan bien peinada y arreglada que cuando se va de viaje lo primero que busca en la ciudad del mundo en la que esté es una peluquería. Le encanta tener su casa limpia y organizada, y darle cátedra a todo el que la rodea sobre cómo vivir su vida. Por mucho tiempo sus palabras me persiguieron. Hoy sus consejos aún resuenan cada vez que pienso en cómo no actuar.

Cuando tenía 14 años, sin previo aviso me dijo: “Querida, rebaje tres kilitos que le sobran y queda regia”. Yo no le estaba pidiendo un consejo, y sin embargo, en medio de mis desordenes con la comida, la frase de esta venerable señora entró en mi insegura mente adolescente. Por ocho meses no comí una sola harina, y bajé mucho más de esos tres kilos que ella tan altruistamente me había recomendado, hasta quedar en los huesos. Hoy me pregunto: ¿Quedaba regia para qué o para quién?

Luego, en mis veintes, un día estaba contando como mi novio y yo nos repartíamos el trabajo de la casa: yo cocinaba y él lavaba. Ella de nuevo, incisiva me recalcó: “Siga así, a fulanita le dio por no lavarle los platos al marido y el matrimonio se le acabó”. En ese momento yo ya pensaba un poco diferente. Sin pelos en la lengua le respondí que si mi novio me iba a dejar por eso pues mejor, yo no quería un novio inútil a mi lado. Ella abrió sus grandes ojos negros como platos. No estaba acostumbrada a que le respondieran, y menos una niñita insolente.

Otro día, en la sala de su casa empezó a contar que: “Sultanita se casó muy bien casada con uno de los Pérez”. Yo le pregunté: “¿Y qué hace el marido?”, a lo que ella tranquilamente contestó: “No sé, pero es de muy buena familia”. Ese día me quedé callada, pero hace poco tiempo me contó que uno de los "Gómez" había dejado en embarazo a una mujer profesional, y anotó que “por lo menos ella es de buena familia”. No me aguanté, y le dije que esa expresión era absolutamente clasista. Ella era una mujer valiosa que había decidido quedar en embarazo con su pareja, poco importaban sus apellidos.

No recuerdo una sola vez que se haya referido a las esposas de sus familiares como buenas mujeres. Todas son unas “pendejas”, “no hablan”, “aprovechadas”, o “idiotas”. Mientras tanto, todos los hombres son almas de Dios, hay que respetarlos, arrodillarse ante sus humillaciones, y “lamberles” para que nos den lo que queremos. Yo ni corta ni perezosa ignoré esos consejos que partían de un machismo sin fondo, enfrentándome a lo que me ha tocado por esa decisión que tomé.

Mi amiga María dice que hay que entender a las personas según su época. Eso me ha hecho sentir mucha compasión por esa viejita que como muchas otras creció en un mundo en el que el único valor de las mujeres era estar “bien presentadas”, ser complacientes y queridas. En la que decir lo que pensaban y repartirse las responsabilidades con sus esposos no era una opción. Una época en la que lo más importante era “ser de buena familia”, sea lo que sea que eso signifique. Ella creció en medio de la apariencia constante como valor máximo, y eso es algo que me ha tocado menos a mí.

Nos dicen que las personas mayores son fuente de toda sabiduría. Evidentemente hay señoras y señores realmente sabios, de espíritu libre y soñador, de los que disfruto aprendiendo todos los días. La viejita que describo no es una de esas, pero no por eso he dejado de tomar sus consejos no pedidos como fuente inagotable de aprendizaje. Le agradezco porque ella me ha enseñado cómo no vivir mi vida, cómo ir más allá de un colorete bien puesto y un pelo bien peinado.

Espero aprender a tratar a todas las personas como iguales, derribar todos los prejuicios con los que crecí, ver el valor tanto en las mujeres como en los hombres, decir lo que pienso y creo. Sobretodo quiero seguirme mirando por dentro sin parar, segura de que la satisfacción que viene después es mucho mayor que tener un buen apellido o encontrar una peluquería al lado de las pirámides de Egipto.

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