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CONVERSANDO SOBRE LO QUE “NO SE PUEDE” CONVERSAR

Sigo a Angélica Lozano desde hace años. Luego de saber sobre su campaña para defender la diversidad, había votado por ella para el Concejo de Bogotá y para la Cámara de Representantes. Tuve la fortuna de trabajar cerca de ella por los derechos de las trabajadoras domésticas en Colombia, cada una desde su esquina. Luego de seguir la trayectoria de Angélica, conocí a Juanita Goebertus por las redes sociales, y me fui enterando del equipo fantástico que conforman para las elecciones del Congreso de este año por la Alianza Verde.

Empecé a seguir a Juanita y encontré dos Ted Talks: En defensa del optimismo y Acuerdos entre quienes están en desacuerdo. Me cayeron como anillo al dedo después de la entrada “No soporto al que no piensa como yo” en la que relato mi dificultad para tener este tipo de diálogos. Quise conocerla en persona y hace unas semanas nos pusimos una cita en un restaurante en La Macarena para desayunar y conversar. Se sentó al frente mío y desde el comienzo me encontré ante una mujer berraca, de ideas claras, de un optimismo contagioso y una carrera transparente que me convenció de mi voto para las próximas elecciones por el número 110.

Juanita lleva trabajando en temas de negociación, paz y reconciliación por años. Se ha sentado a la mesa con militares, con las FARC, y con quienes votaron por el No en el pasado plebiscito de 2016. Sin comulgar con las ideas de quien se sienta al otro lado de la mesa, ella ha logrado pasar por encima de sus pasiones para intentar buscar puntos en común. Ha humanizado a aquel que parecería tan diferente. Para mí, más que un simple discurso, lo interesante era entender cómo había logrado todo eso. Sentarse siquiera a la mesa del comedor o de un café con quien no comparto valores ni visiones de la vida resulta todo un reto para mí.

Le pregunté de frente como podía uno empezar a sentarse con el otro. Ella me respondió con la tranquilidad de su experiencia: “Para que las personas se quieran sentar a la mesa, tienen que tener más incentivos para hacerlo, que para quedarse parados”. Lo primero entonces es que esa mesa debe ser apetecible y que quedarse parado no nos parezca tan chévere. Muchas veces ese primer paso lo trunca todo. Es difícil sentarse cuando uno siente que esa conversación más que un diálogo va a ser un espacio de matoneo y agresión sin fondo. La mesa tampoco es apetecible cuando nos enseñan que hay ciertos temas de los que sencillamente no se habla: que el hijo de Perencejo es gay, que Simón votó por Trump y Miguel por Hillary, que Sultanito cree en Jesús y yo en Alá.

En esos silencios se nos va la vida. Preferimos callarnos para no mostrar lo que somos y no generar un conflicto. Sonreímos ante comentarios discriminatorios, insulsos e ignorantes sin encararlos, porque es difícil, porque simplemente preferimos ahorrarnos un disgusto, o como dice mi mamá para “mantener la fiesta en paz”. No aprendemos a expresar la inconformidad con respeto y terminamos viviendo en islas. Por detrás, como ha pasado en el conflicto colombiano, nos damos bala desde las trincheras “rajando” del que pertenece a otro partido político o el que profesa otra religión.

Luego viene la pregunta de ¿qué hacer cuando ya nos decidimos a conversar? ¿Por dónde empezamos? Juanita me explicó que existen reglas de juego fundamentales para la conversación: no hablar solo de problemas sino de soluciones creativas es una de ellas. Es decir, echarle la culpa al otro de todo, señalando con ese dedo castigador que tenemos los colombianos, no va a resolver el problema. La solución viene de esa imaginación infinita que nos lleva a inventar todas las formas posibles de lucha, pero que nos puede llevar a todas las que existen para alcanzar la paz.

Otra regla de juego es aceptar que existen conductas reprochables, generalmente de ambas partes, pero eso no puede impedir que nos tratemos con el respeto que implica que tanto nosotros como el que está al frente somos seres humanos. No hay necesidad de pasar la culpa al otro como papa caliente con la que no nos queremos quemar. Además, no se trata de pelear todas las peleas en la misma batalla. Las conversaciones largas, esas que sanan el alma, tienen muchos puntos, muchos cafés y hasta vinos de por medio. Es mejor abrir el diálogo sabiendo que debemos tener paciencia e ir solucionando paso a paso todo ese daño que nos hemos hecho.

Juanita no tiene una varita mágica. Años de trabajo en temas de justicia transicional muestran que para ella las conversaciones difíciles siguen siendo un reto. Lo que sí tiene es la completa disposición para tener ese tipo de diálogos en un Congreso con ideas tan diversas como el colombiano. Le apuesta a una paz que no se trata solo de parar las balas sino de transformar y sanar las entrañas de nuestra sociedad. Una apuesta que comparto desde lo personal (que también es político), y de la que me encantaría aprender para poderme sentar en una mesa y hablar respetuosamente con aquel que piensa diferente. Sabiendo de antemano que no hay otra forma de aprender que conversando.

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