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  • VALENTINA MONTOYA ROBLEDO

MI BISABUELO FEMINISTA

Me han dicho que pienso como pienso porque soy de otra generación, porque vivo en otro país, porque leo demasiado o porque siempre he sido desobediente. Yo creo que pienso como pienso por una mezcla de eso y mucho más. Pero sobretodo, porque tengo en mi familia ancestros maravillosos que hace más de un siglo ya rompían esquemas, y pues eso no se pierde del todo: ese es mi bisabuelo materno, un hombre feminista que les daría sopa y seco a muchos de los hombres (y mujeres) de mi edad.

Mi bisabuelo era de los pocos abiertamente liberales en una ciudad tan conservadora como en la que yo nací. Creció y vivió en medio de una política demográfica que venía de la mano del mandato de la iglesia sobre “hay que tener los hijos que Dios les mande”. En muchas partes del Viejo Caldas las mujeres tenían hijos desde la primera menstruación hasta la menopausia, y muchas tenían que pedir permiso al arzobispo para usar métodos de planificación. Sin embargo, él pensaba de otra manera. Como lo decía abiertamente “las mujeres no son conejas”, y por eso tuvo pocos hijos con mi bisabuela, aun recurriendo a métodos de planificación como los escasos condones de tripa de chivo que se conseguían en esa época.

A diferencia de los fríos hombres que lo rodeaban, que muchas veces parecían más casados por compromiso social o por aumentar sus fortunas que por amor, era un hombre cariñoso y dulce que se derretía por mi bisabuela. Todos los días le repetía que estaba más linda que el día anterior. Trabajaba para ella y sus hijos como arriero y negociante, dándoles gusto y enseñándoles a trabajar también. Más allá de que fuera un hijo o una hija, mi bisabuelo apoyaba sus empresas, sus negocios y sus ideas, orgulloso de lo que cada uno fue logrando a lo largo de su vida.

Tal vez la anécdota más reveladora fue una que me contó mi mamá hace poco. Un día mi bisabuela llegó preocupada a la casa diciéndole que la vecina había venido llorando porque su esposo le había pegado. Mi bisabuelo, completamente contrariado, le dijo a su esposa que la mandara llamar. Cuando la vecina vino, le entregó un taburete y la puso a practicar para que se defendiera de las golpizas de su cobarde marido. Hasta ese día el esposo le pegó.

No conocí a mi bisabuelo. Lo que sí conocí de él fue esa mente abierta, liberal, y poderosa. Siendo una personas de otra época y sin haber siquiera acabado el bachillerato, mi bisabuelo tenía nociones feministas y liberales de las que carecen muchas personas de mi edad. Somos afortunados hoy porque el mundo ya no es el mismo, y yo en particular porque he tenido educación y oportunidades impensables hace un siglo. Pero ese cambio y esa apertura no se habría dado sin personas de espíritu libre e ideas renovadoras como mi bisabuelo. Por eso hoy lo celebro a él y a quienes como él nos siguen moviendo a pensar por fuera de los prejuicios y las cajitas que sitúan a la gente como estatuas en roles sociales impuestos desde el miedo y el atraso.

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